Por Jeannet Vásquez Ramírez.
Era la madrugada del 30 de marzo de 2010 cuando la familia de mi hermano, compuesta por su compañera, la hija y mi mamá, emprendió un viaje desde Bogotá con destino al Corralito de Piedra, Cartagena. Era el viaje que habían planeado para Semana Santa; lo hicieron en automóvil y duró cerca de 18 horas, llegando al hotel que ya habían reservado, sin ningún contratiempo.
Disfrutaron su estancia durante los siguientes tres días recorriendo las calles del centro histórico, tan famoso por su historia y arquitectura; rodeado de pintorescos edificios coloniales y hermosos balcones llenos de flores, además de las bellas playas y el mar de Bocagrande en Cartagena. Se sentían muy emocionados de poder disfrutar el calor de esta bella ciudad, que por esos días albergaba muchos visitantes gozando al máximo de sus cortas vacaciones.
El 3 de abril, a las 5 a.m., iniciaron su regreso a Bogotá. Durante el camino comentaban lo felices que la habían pasado en la playa, el buen servicio del hotel y el recorrido por Cartagena.
Cerca de las 12 del día, al pasar por Pailitas, Cesar, cuando el sol estaba en su máximo resplandor, aparecieron dos niños por los costados del carro vendiendo refrescos. Esto hizo que mi hermano bajara la velocidad —él no acostumbraba a detenerse—, pero la insistencia de los pequeños lo hizo dudar:
—¡Señor, señor, cómprenos refrescos para la niña!
Entonces él le preguntó a mi sobrina:
—Hija, ¿quieres un refresco?
—Sí, papá, hace mucho calor —respondió ella.
En un abrir y cerrar de ojos se encontraron rodeados por dos hombres, uno a cada lado del carro, que apuntaban con armas de fuego a mi sobrina y a mi mamá. Los insultaban y les gritaban:
—¡Entreguen todo lo que tienen, no se hagan matar!
Les pasaron una bolsa por la ventana para que echaran las cosas. Atemorizados, entregaron dinero, joyas, bolsos, billeteras; hasta los zapatos les hicieron quitar. Mi hermano les pedía que bajaran las armas, que les darían todo lo que pidieran, pero ellos solo gritaban:
—¡Cállese la jeta y apúrense más bien!
Fueron momentos de gran angustia. La niña no paraba de llorar, mientras la mamá la abrazaba y le decía:
—No tengas miedo, todo va a pasar.
Sin bajar las armas, uno de los hombres dijo a mi hermano:
—Apúrese, que usted se va con nosotros y nos llevamos el carro.
Mi madre, al oír lo que aquel tipo decía, abrazó a mi hermano y gritó:
—¡Si se llevan a mi hijo, me tienen que matar primero; de lo contrario, me voy con él!
Los ladrones se miraron, sin decir nada, mientras mi hermano le pedía a mamá que se tranquilizara. Al ver que no podían llevárselo porque mi madre no lo soltaba, y siendo además una vía transitada, ordenaron:
—Se bajan calladitos, si no quieren que hagamos sonar las armas.
Una vez que ellos descendieron del carro, los delincuentes se subieron, le quitaron las llaves a mi hermano y se perdieron en la distancia.
Mi hermano, angustiado, observó a lo lejos que venía un vehículo; entonces se lanzó a la mitad de la carretera levantando los brazos para pedir ayuda. El conductor frenó en seco, y al escuchar lo ocurrido, preguntó:
—¿Cómo les puedo ayudar?
—Solo présteme su teléfono, necesito hacer una llamada urgente —contestó mi hermano.
Mi mamá, ya más calmada, le dijo:
—Mijo, llame a su hermano.
El hombre le entregó el celular y le dijo:
—No se preocupe, haga las llamadas que sean necesarias.
En medio del nerviosismo, mi hermano llamó a mi otro hermano, militar, y lo puso al tanto de lo ocurrido. Este le dijo:
—Hermano, tranquilos, ya me comunico con mis compañeros del sector para que les brinden ayuda.
No pasaron muchos minutos cuando llegó una patrulla. Mientras tanto, como en una película de acción, un helicóptero sobrevolaba la zona buscando el carro con los datos que mi hermano militar había dado, pues el vehículo robado era suyo, ya que había intercambiado autos para que viajaran más cómodos. Así pudieron rastrearlo.
Pasados unos minutos que parecían interminables, avistaron a los delincuentes que, al verse acorralados, estrellaron el carro y huyeron por los parajes baldíos que rodeaban la carretera. Los agentes informaron a la familia que el vehículo había sido recuperado, aunque dañado.
Más tarde, mi hermano militar se comunicó de nuevo y les dijo que había dado instrucciones para que les suministraran dinero y pudieran regresar a casa. Entonces mi mamá intervino:
—Hijo, eso no es necesario.
—Viejita, ¿y entonces cómo nos vamos a ir si nos robaron todo? —preguntó mi hermano.
Mamá lo miró, metió la mano en su pecho y sacó una mochilita en la que tenía 150.000 pesos que había logrado salvar:
—Con esto podemos regresar a casa —dijo.
Finalmente, la familia llegó a su destino, llevando consigo la experiencia traumática que les había tocado vivir. La alegría de las vacaciones se esfumó, dejando un sentimiento de consternación e impotencia. Así, con el corazón agitado, la familia se abrazó, agradecida con Dios por estar juntos, sanos y salvos. Y con la huella de esa amarga experiencia, prometieron no volver a salir de paseo en Semana Santa.