Por: Astrid Sarmiento Paniagua – JUNIO 2026 –
Mirándose al espejo ella trata de imaginar cómo controlar esos rizos rebeldes que aún no tienen el largo suficiente para sujetarlos con una hebilla o un elástico. “Me parezco a esa foto antigua de mi tía Josefina” —piensa— y sin dudar que ha heredado los crespos de su familia paterna, coloca una balaca que le ayuda a despejar el rostro.
Son momentos cambiantes. Las circunstancias, al igual que los diagnósticos, han ido trayendo nuevos retos y muchos cambios en su vida. Aún se siente incierta, ante esa nueva imagen. Estaba acostumbrada a su cabello negro, largo y suelto. Él y su baja estatura siempre le dieron la apariencia de alguien más joven, pero ahora los visos platinados y el cabello corto no disimulan los años acumulados; ya pronto serán 62.
“Tengo que decirle a Luis que en caso de tener que escoger un retrato para mí féretro, la foto que más me gusta es en la que estoy con la camiseta de la selección Colombia. Quisiera que me recordaran sonriente y feliz cómo en ese momento”.
Esa era su foto favorita. En ella se reflejaba el buen momento por el que estaba atravesando; aparecía en su peso ideal y además se sentía feliz pues había regresado al país y estaba de nuevo ejerciendo el trabajo que más le gustaba que era: diseñar y liderar grupos.
Suelta su imagen en el espejo y sale apresurada a contestar su celular que ha dejado conectado en el estudio y suena insistentemente.
—¡Hola Marce! Si, para mí estaría bien encontrarnos para almorzar. ¿El lunes? —¡Perfecto!
—¿Y que me pondré? Ya nada me queda —se dice a sí misma, mientras cuelga el teléfono.
Alberto, el esposo de Marce, cumple 70. El grupo de “niñas”, algunas de sesenta y dos y otras de sesenta y tres, y sus esposos, le celebrarán su cumpleaños. Es el grupo de amigas del colegio con quienes ha ido compartiendo los acontecimientos de la vida. Aunque son sus amigas del alma, en ocasiones no se atreve a contarles lo que siente, pues no quiere molestar a nadie con sus tonteras, como les llama a sus pesadumbres.
—¡Hija! Ya pronto tenemos que salir. La cita es a las 10 —le dice su madre.
Ella la mira, agradeciendo el esfuerzo que hace a sus 85 años por mantenerse al tanto de todos los compromisos, y se pregunta si ha sido acertado el pedir a su Dios, marcharse antes de que su cuerpo se deteriore o, por el contrario, debe seguir trabajando con todo su empeño en los tratamientos que le permitirán prolongar su vida. La duda la asalta pues sabe que, si parte antes que su madre, ella sufrirá y sus días se llenarán de sombras e incertidumbres, pero si sus tratamientos se prolongan mucho en el tiempo, y no son efectivos, la expondrá al dolor de acompañar a un ser sin energía para vivir. Una hija muy distinta a ese ser a quien ha estado acostumbrada.
Mira el reloj y se apresura.
“Lo mejor será tratar de organizarlos con un gel para rizos. No deseo cortarlos ahora que estoy disfrutando el tener cabello de nuevo, aunque lo mejor será no apegarme a él, pues nada asegura que esta nueva etapa del tratamiento no termine con ellos. ¡Ya veremos cómo evolucionan las cosas!”
El día ha empezado a correr y tendrá que vivirlo con todo lo que siente por dentro y aunque no sea lo más importante, su vanidad hace que quiera lucir bonita y femenina.
Al final decide dejar sus rizos al natural, pues sabe que ellos finalmente tomarán el camino que deseen, igual que la vida, que a veces se torna rebelde y caprichosa.