Por María Castillo.
¡Oh, golondrina!, que eres el heraldo de la primavera, tú, que desafías los obstáculos y las dificultades que encuentras en tu largo vuelo, sin dejar marchitar el anhelo de anidar y dar vida a nuevos polluelos, los cuales desplegarán sus alas y adornarán jardines y caminos, hermoseando nuestro mundo, trayendo alegría a quienes contemplan cuidadosamente tu inquietante y veloz travesía, signo eterno de libertad.
Símbolo de amor fiel y de protección a la familia en su nuevo comienzo, abandonas el invierno para volver a tu nido bajo el rayo luminoso del sol. Con tu coquetería y la desnudez de tu corazón, llevas, a flor de tu negro azulado plumaje, la libertad y resiliencia, recorriendo inmensas distancias, de continente a continente, con una valentía que asombra y conmueve.
¡Criatura sin igual! A tu paso vas dejando un halo de nostalgia, pues atraviesas con prisa los instantes de la vida de quienes tienen la ventura de admirarte, planeando y danzando, para luego desaparecer en el horizonte. Sin embargo, donde encuentras calma, das origen a nuevas generaciones de adorables y enigmáticas criaturas que, en pocas semanas, surcarán los cielos y embellecerán el universo con la gracia de sus alas.
¡Oh, golondrina! Tu destino también encierra la tristeza de todo ser peregrino. Cuando tu pequeño cuerpo se ha desgastado por los peligros de la migración, por las tormentas inesperadas, el frío y el agotamiento extremo, la muerte puede sorprenderte. A veces, los halcones arrebatan tu vida; otras, caes rendida en la espesura del bosque, donde desaparece para siempre esa maravillosa existencia de alma libre y viajera.
Y, aun así, ¡oh, golondrina!, tu memoria permanece. En cada primavera renace tu ejemplo, y en cada vuelo tuyo el ser humano descubre que la libertad exige valentía, que el amor siempre busca un hogar y que, aun en la fragilidad de la vida, existe una belleza capaz de vencer al olvido.