
Por Gladys Patricia Montoya Cano.
Cuando llegaban las vacaciones, todos nos llenábamos de expectativas: ¿a dónde iríamos?, ¿cuánto demoraríamos?, ¿tierra fría o caliente?, y es que mi papá tenía el vicio de no decirnos el itinerario, quería una sorpresa para nosotros, por eso la maleta era tan grandota, ropa para todos los climas, ¡habrase visto semejante improperio! Como siempre, a madrugar en los paseos, salimos a las 4 de la mañana, hacía frío y asomaban en el horizonte las primeras luces del día, el cielo cambiaba lentamente de color, ¡qué espectáculo! De muy negro a muy azul, toda la gama de colores pasó por mi vista.
De pronto, todo cambió, hubo un fuerte olor a caucho, que miedo, luego, el ruido del motor dejó de ser parejo y se detuvo de súbito. Nos asustamos, miramos alrededor y descubrimos una casa campesina, de esas pintadas de blanco con ventanas rojas y verdes. Miramos: había luces y humo saliendo de la cocina y un olor a aguapanela, mmmmm ¡deliciosa!
Salió una mujer envuelta en una ruana gruesa con mirada curiosa, nos ofreció aguapanela, pero no venía sola: había una tajada de queso grandota nadando en el líquido humeante. Di gracias a Dios con tal manjar.
Durante el tiempo de la “varada” se escuchaba la emisora “Amanecer Campesino”, ahí oí por primera vez los consejos de buenas siembras y buen manejo de los animales en el campo, me asombró la delicadeza de los procedimientos, aprendí que un animal tratado con respeto daba el doble de leche, ¡ojalá todos los campesinos sepan esta fórmula!. Desde mi asiento de somnolienta escuche, como se acostumbra en estos casos, abrir el capó del carro, salió un fuerte olor a quemado, la mujer campesina se acercó, alumbró detenidamente con la linterna y dijo en voz triunfante: “¿no será este alambrito suelto?” y o sorpresa el carro arrancó. ¡Hurra!
Por fin nos dimos cuenta de que íbamos de viaje para la costa, yo tenía 8 años y apenas, conocería por primera vez el mar; mi papá nos decía que miráramos fijo, que ya pronto se vería, yo sentía el corazón en la boca, palpitaba muy fuerte hasta casi quitarme la respiración. Cuando… mi papá dijo ¡ahí está! Y yo no veía nada, le dije: ¡vos sos como atembado Don Manuel, que va a ser el mar esa rayita azul! No ve que mi profe me mostró una cosa grandota, entre azul y verde, no se le veía la orilla al otro lado, mejor dicho, se confundía el mar con el cielo, como dice la canción “El mar y el cielo se ven igual de azules y en la distancia parece que se unen, mejor es que recuerdes que el cielo siempre es cielo y nunca, nunca, nunca el mar lo alcanzará, permíteme igualarme con el cielo, que a ti te corresponde ser el mar” yo nunca entendí muy bien el mensaje, pero sí sé que se unían en la distancia, pero no se unían en verdad, ¡cómo engaña el horizonte, ja!
Entonces la rayita azul se fue anchando más, y más, y más, hasta que me hizo gritar de la emoción, ¡huy que miedo!, yo no me meto ahí, de pronto me traga entera y ya no me ven más. Gracias a Dios mi papá era bastante paciente, me ayudó a vencer el miedo, sentarme en la orillita y hacer castillos de arena. ¿Que niño no ha hecho un castillo de arena? Qué delicia ver como el mar se llevaba el castillo. Le dije al mar: “Eres ESPECTACULAR, el ruido de tus olas me mece y tu aire salino me fascina, te prometo volver muy pronto para disfrutarte de nuevo”.
Así me enamoré yo del mar.