LOS CISNES

Por Yolanda Camacho de Ordóñez.

1999, fin de siglo. Desde un rinconcito de nuestro planeta se cierne la tristeza en el interior de una hermosa familia. El robusto progenitor, considerado por todos como aquel roble de sólidas raíces y firmes ramas dispuestas a brindar cobijo y frescor, estaba amenazado en su vitalidad por ese terrible monstruo silencioso llamado cáncer. Su salud, antes inquebrantable, se doblegaba con el pasar de los días, endureciendo su gesto alegre hasta volverlo cascarrabias. El tierno padre, pulcro como un cisne, se veía sometido a las garras del mal, que se encarnizaba con cada lesión que provocaba en el agonizante. Sus seres queridos, impotentes, contemplaban cómo la llama de su vida se apagaba lentamente, mientras la hoguera de su morada languidecía.

A pesar de todo, ella lo reconfortaba. Ella, el amor de sus amores, cuya belleza de cisne, seductora, había respondido a su llamado cinco décadas atrás en aquel hermoso parque, tras muchos encuentros y ausencias impuestas por los quehaceres diarios. En aquellos días, como jóvenes soñadores, avivaron el calor de sus sentimientos en la fría capital de su país. Como cisnes enamorados, juraron la célebre promesa de estar juntos para siempre, dando origen a un hogar donde reinaban el cariño, el respeto, el trabajo y la perseverancia. La pareja se robusteció a medida que recibía los frutos de su amor: seis hijos, a quienes con esfuerzo y desvelo vieron crecer sin carencias, pues sentían que eran sus mayores tesoros, las bendiciones del hogar. Pasaron los años y, como cisnes, cada uno de sus hijos partió en busca de sus ilusiones, formando su propio nido. Era la ley de la vida: dar comienzo a nuevas historias, un hombre y una mujer unidos con amor, fe y esperanza hasta el final.

En su hogar de puertas abiertas, los enamorados recibieron el cambio de siglo en compañía de toda su descendencia, con la felicidad que prodigaba el reencuentro de su gran familia. Sin embargo, la sombra de la partida se cernía con las garras del monstruo. Hacia la medianoche, cuando el viejo año dio paso al nacimiento de otro, los padres impartieron la bendición final con la esperanza de que no fuera la última.

Transcurridos sólo dos meses del nuevo año, sucedió lo presentido: el robusto cisne alzó su vuelo desesperado para liberarse de su enfermedad mortal. La madre, a los ojos de todos, se mantuvo fuerte ante la eterna ausencia de su compañero, abrigando en secreto su angustia. Frente a los demás, brindó ánimo y consuelo; dictó unas sentidas palabras y pidió a su hijo mayor que las leyera en nombre suyo, porque a su esposo cisne debía despedirlo estoicamente y con alegría. A pesar de su ímpetu, su corazón sintió desfallecer al no poder seguir con él.

Cuatro días después, ante la perplejidad de sus familiares, el cuerpo de la madre cisne se enfrió sin explicación aparente. Los galenos acudieron y la atendieron con sus diferentes especialidades, pero todos coincidían en el mismo veredicto: “ella está bien.” Misteriosamente, la progenitora, cumpliendo el pacto de amor, susurró entre delirios:

—Amado mío, ya te sigo. Las aguas del río están claras y brillantes, la brisa suave nos acompaña. Ya te alcanzo, espérame… ya voy.

Después de ofrendar sus últimas bendiciones a cada uno de sus hijos y ante la incredulidad de toda la ciencia, su silencioso corazón abrió las alas y emprendió el vuelo. Con desconsuelo, hijos y nietos, sumidos en la tristeza, aceptaron su decisión. Por eso, hoy sus descendientes cantan e imaginan que él la espera, que ella lo alcanza, que se arropan con sus alas y viajan hasta aquel ingrávido lugar.

Han partido. Más allá de este mundo, dan ejemplo de su amor.