Llueve

Por María Eugenia Caicedo.

Llueve, las gotas caen sin cesar desde el amanecer, no es un aguacero fuerte, escucho un sonido rítmico y constante de las gotas sobre los pequeños charcos que la misma lluvia produce, tac, tac, tac…

 No hay viento ni tempestad, yo observo detrás de los cristales y no sé qué pensar, quizá no pienso, solo siento ese palpitar del mundo y me dejo llevar. Es una lluvia fresca con su ritmo incesante sobre las plantas, que mágicamente renacen, reverdecen con ese regalo celestial; estoy tentada a volver a la infancia y salir a mojarme como entonces, pero sucumbo ante la fascinación que me produce ver llover, mi imaginación vuela.

Otras lluvias, lluvias diferentes. En la costa llueve con furia, el mar se encrespa y muestra su poder, ruge y las olas gigantes de tres y cuatro metros, fushhh, crashh, suenan cuando se elevan y caen violentamente contra las rocas.

Barren lo que encuentran, trozos de madera, embarcaciones pequeñas, piedras, carreteras, pescadores si se atreven a enfrentarlas, hasta un bebé de tiburón que llegó a la arena destrozado, de todo.

 He visto como la lluvia y el viento en el mar, demuestran sin cesar que somos muy poca cosa, que nuestros sueños de grandeza no son ni sueños; el mar entonces no es azul sino gris y marrón cuando arrastra la arena cerca de la playa.

Lo miramos hipnotizados y empapados mientras llueve sin cesar y a lo lejos se ven los celajes de una tempestad que no ha venido.  Miro a los que están a mi alrededor y me doy cuenta de que nos hemos detenido unidos por la impotencia ante Poseidón.

Somos todos iguales, enanos sorprendidos por lo que la lluvia y el mar pueden sin nosotros, la sensación es que no somos nada, con su poder nos muestran como vienen a reclamar su espacio, los humanos los hemos invadido, pero en cualquier momento ellos podrían volver, no nos necesitan.

Otras lluvias en mi mente. Recuerdo la lluvia en el campo, con truenos y relámpagos, cuando llega el gran Thor, la tempestad. Todos  corremos hacia las casas, da miedo, aquí sentimos quizá más temor que respeto, estamos desamparados y la lluvia cae, se ilumina el cielo por momentos, el ruido de los truenos, aquí no ruge el mar sino el cielo ¡ krassh! Para nosotros es la hora de los fantasmas, cada trueno, cada rayo iluminan la llegada de un fantasma.

Los animales también corren hacia los árboles buscando protección, mu, mu es el sonido que más escucho. Con su pesado paso avanzan entre los pastizales que comienzan a inundarse y entonces recuerdo claramente como en un celaje, un rayo que partió un árbol y mató una vaca.

Nuestra fragilidad ante la muerte, ella debió sentir algo, no se qué, pánico repentino, pero todo pasó y ya no está, me parece que para todos la muerte es igual; una lluvia incesante que viene con las enfermedades, el declinar de las fuerzas, una lluvia cada vez más fuerte de la que no podemos escapar y la tempestad con un rayo certero que terminará con lo que una vez fuimos o creímos ser.

Hoy otra lluvia, tranquila, solitaria, quizá un poco depresiva, con lágrimas interiores que no quiero examinar. Me acerco tímidamente a la ventana y descubro una leve gota que ha quedado prendida en el cristal y que me atrapa.

Es pequeña, transparente, un diamante que refleja la luz y me refleja, me permite leer muchas cosas en mi interior, resbala lentamente y quisiera detenerla como quisiéramos a veces detener el tiempo.

Todo mi ser, mi vida, están contenidos allí en esa pequeña gota que pronto desaparecerá como se perderán también mis huellas en el mundo. Resbaló un poquito y ahora es mas ovalada y aunque sigue lloviendo, no puedo desprenderme de la fascinación que ella me produce.

Es un crisol que me refleja, todos los temores ante la fragilidad de la vida, los arrepentimientos por lo que pudo haber sido, las alegrías ante los logros, la sorpresa suprema ante la vida que cada día es diferente y nos atrae como un imán, quisiéramos que nunca acabara, hasta nos creemos a veces, con derecho a ella. Mi hermosa gota se va desprendiendo lentamente; cada vez es más pequeña y no puedo hacer nada, no hay voluntad posible ante lo inevitable, hasta que plaf, cae y me quedo vacía.

Sigue lloviendo, tac, tac, tac… ahora sí me aparto para tomar un café mientras pienso en los que en mi ciudad no tienen un hogar para resguardarse, deben tener frio y yo ni siquiera los observo, los ignoro, los borro de mi imaginación para no sentir culpa. Posiblemente buscaré un libro, que me permita huir hacia a otros mundos.