LAS ALAS DEL JARDÍN

Inés Elisa Méndez García.

En Ibagué, en el barrio La Pola, hacia las seis de la tarde, padres e hijos nos turnábamos para el riego del jardín. Yo alistaba la manguera mientras mi padre la ajustaba a la llave de la alberca:

 ─ ¡Vamos! ─le dije a mi papá.

─Hoy vas sola ─me respondió.

Un frío atravesó mi cuerpo; recordé la oscuridad y los sonidos que no dejaban que soltara la mano de mi padre en noches anteriores, respiré hondo, caminé hacia el patio, al entrar, las hojas crujieron con mis pasos, algo chilló, y, cuando quise regresar a la casa, la puerta del patio se cerró por dentro, miré al vacío.

Hace muchos años mi padre había instalado una lámpara para iluminarlo; pese a sus esfuerzos, la luz siempre titilaba. Las sombras de las alas se reflejaban sobre el balazo, y el movimiento de las hojas dibujaba figuras en los muros. Quería huir. Con la manguera en la mano por si acaso, y con la mirada fija en el brillo de las hojas del cucarrón, intenté acercarme al ocobo, quise correr, pero mis pies nunca avanzaron. Exploré a mi alrededor y, en las materas de metal con cáscara de coco, en donde se encontraban las orquídeas, pude apreciar, a la luz de la lámpara, los filosos colmillos de algo. Pretendí averiguar ¿qué era ese “algo”? y mi mirada se oscureció.

Los chillidos dejaron de ser chillidos, la luz dejó de parpadear y eso que no conocía me pasó varias veces por la cabeza, hasta ingresar en ella.  Ahora los escuchaba desde mi interior, intenté moverme; mis manos, al igual que mis piernas quedaron paralizadas. Procuré gritar, pero mis gritos se hicieron mudos. Ellos, o ellas, las cosas que no conocía, quisieron salir y golpearon con fuerza mi ser.

A mi abuela le había escuchado decir que el botónderosa aliviaba la parálisis y los sonidos raros, me incliné a tomar uno y, en ese instante, algo haló mi cabeza hacia atrás. ¿Qué era?, pude mover un brazo, intenté quitármelo de encima, fue imposible hallarlo. Mis manos comenzaron a temblar y las gotas de sudor caían sobre las matas. Finalmente, ya sin poder moverme, vi cómo un cuerpo extraño, con sus ojos chicos, no me quitaba la mirada, era como de peluche, color oscuro tierra y sus colmillos filosos se burlaban de mí.

No sé cuánto tiempo pasó, hasta que mi abuela me encontró estática. Llamó a mi padre a gritos. Él me tomó en sus brazos y me sentó en una silla del comedor. A pesar de no estar ya en el jardín de la casa, todavía en mi cabeza podía escuchar el revoloteo de los chimbilás, que nunca más volvieron a la calma.

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