LA MALDICIÓN DEL CASTILLO

Por María Eugenia Caicedo.

— ¡Nos dieron el contrato!

— ¿De verdad? No te creo.

— José, llevo meses trabajando en eso y por fin logré que nos dieran la logística del evento.

— ¿Y dónde es?

— Es un baile de disfraces que hará la Universidad Pedagógica, el día de las brujas en el Castillo Marroquín.

— Estás loca, Marta. Allá no voy; es un castillo embrujado.

— Tonterías, José. El pobre castillo construido por Lorenzo Marroquín O. ha gozado de muy mala fama siempre, porque hubo varias muertes misteriosas, suicidios, desapariciones, pero yo creo que son solo cuentos. Total, con dos días que pasemos allí dejamos todo arreglado y nos ganamos la platica que estamos necesitando. ¿Te arriesgas?

— Tocará, pero la idea no me gusta para nada.

En la semana siguiente, José se dedicó a leer la historia y la leyenda negra de un castillo a las afueras de Bogotá que, efectivamente, fue construido con toda ostentación por don Lorenzo Marroquín, quien lo encargó al famoso arquitecto Gastón Lelarge en 1890. Nunca se terminó de construir y su dueño lo llenó de muebles europeos, a pesar de la pobreza que había en la ciudad, y finalmente no lo habitó porque vivía en Londres, donde murió, así que el dichoso castillo permanecía vacío, lo que dio lugar a toda clase de leyendas, comenzando porque decían que en las noches de niebla él mismo lo visitaba y se escuchaban sus caballos.

En los años 40, el castillo fue un cabaret, lo que alimentó la creencia popular de que allí ocurrían muertes extrañas y, más adelante, fue una clínica psiquiátrica en la que contaban que hasta su fundador se suicidó.

Por allá en los años 80, fue adquirido por un señor Zapata, socio de Pablo Escobar, lo que alimentó las creencias de que era un centro de brujería y luego fue confiscado por el Estado para ser entregado a la Universidad Pedagógica, quizá tratando de limpiar su leyenda negra de más de un siglo de muertes misteriosas, ruidos y luces inexplicables.

José no dejaba de leer todas estas cosas terribles y trataba de compartirlas con Marta, quien no le prestaba atención. Quería prevenirla de que quienes entraban allí sufrían una especie de maldición por todos los espíritus que lo habitaban, pero nada. Las pesadillas nocturnas eran terribles y el día del trabajo se acercaba.

Se enfermó, porque también nos enfermamos de ese miedo que ocurre cuando no ha pasado nada… pero seguro pasará. Tenía fiebre, desazón, comía poco y hacía lo imposible para no dormir y evitar los fantasmas que lo visitaban en sus pesadillas.

Marta no sabía qué hacer. Lo cuidaba, trataba de espantar esos temores sin sentido y el suyo real de que al final no pudieran cumplir con el famoso contrato y se perdiera todo el esfuerzo.

Todo llega y también el día del trabajo, así que José se levantó temprano, llenó la camioneta con las luces, pérgolas y demás para armar el decorado de la famosa fiesta y recogió a Marta, que tenía los planos y las indicaciones para realizar el trabajo.

A las 9 a. m., por fin estaban ante la imponente entrada principal, que era hermosa, y sin más comenzaron con lo que tenían que hacer. Pensaban utilizar sobre todo los salones de recepción y los lugares más íntimos del segundo piso los reservaron para que los invitados se cambiaran de ropa o descansaran un poco.

Como siempre, lo más complicado fueron las luces, incluyendo las del jardín, porque no sabían dónde quedaban las acometidas de la luz y por eso dejaron para el día siguiente la instalación definitiva.

Marta estaba feliz porque todo salía bien y José debía admitir que, fuera de un palpitar que a veces sentía que salía de las paredes, lo demás era normal y de verdad estaba saliendo bien. Almorzaron, se gozaron lo que estaban logrando y resolvieron quedarse allí hasta el día siguiente para no tener que hacer doble viaje a Bogotá.

Habían recorrido toda la casa, excepto la capilla, que fue el único lugar que les prohibieron intervenir para evitar susceptibilidades de algunos asistentes, pero el castillo era lo suficientemente grande para hacerlo todo.

Caía la tarde y, de repente, José sintió ruidos como en las paredes de la iglesia y le propuso a Marta que fuera a averiguar si era uno de sus temores sin sentido o había otra persona en la propiedad.

Marta se levantó y, después de recordarle a José que era un cobarde, se dirigió hacia la iglesia en las afueras del castillo.

José, de repente, recordó a doña Trinidad Forero, quien una tarde fue a rezar y, al salir de la iglesia, desapareció. Solo encontraron tiempo después su manto.

Marta, Marta, grita desesperado, mientras corre en la oscuridad hacia la iglesia y escucha claramente el martilleo de su respiración.

¡Marta… Marta!