Por: María Victoria Bermúdez Lozano. Julio/26.
En julio de 1970 salieron a la venta los Renault 4 en Colombia. Los hijos de José A. empezaron a soñar con ese pequeño automóvil y como ya habían oído que era un carro económico, se les hizo fácil pedirle a su papá que comprara uno. Ellos aún no comprendían que él, sin ser tacaño, cuidaba el dinero y analizaba a la hora de invertir. Aunque a José A. le gustaban los carros, los muchachitos no lograron convencerlo. Él se mantuvo en su posición y sin sonrojarse les dijo que no compraría un carro de esa marca. Después les contó que él en su juventud había tenido dos carros grandes y que ese carrito ni era bonito, ni espacioso y al parecer sus latas eran débiles; también les explicó que los carros al fin de cuentas eran latas que desaparecían y que por eso no eran una buena inversión.
Sin embargo, él en secreto comenzó a averiguar por un carro usado que estuviera en buen estado y que fuera americano. A mediados de 1972 José A. sorprendió a su familia. Un día, cuando sus hijas se bajaron del bus del colegio vieron un carro de color azul claro parqueado a la vuelta de su casa; por alguna razón ellas se miraron, sonrieron e intuyeron que ese era el carro de su papá. Su corazón no las engañó. En cuanto entraron a la casa confirmaron su presentimiento. A pesar de que era un automóvil antiguo ellas se emocionaron: se veía bonito, grande y bien cuidado. En la casa se sintió alegría, los hijos menores de José A. no lo habían visto conducir, ese mismo día cuando lo vieron al volante sintieron una admiración inolvidable.
Desde ese instante, los domingos de José A. y su familia se convirtieron en días de paseo. Casi siempre los llevaba a lugares un tanto apartados: al aeropuerto a ver aterrizar y despegar los aviones, al muelle del río a ver los atardeceres o a comer empanadas a un sitio que se llamaba la Puerta del Once. En todos esos recorridos, Pedrito uno de sus hijos, no dejaba de observarlo: el niño quería memorizar la forma de hacer los cambios y todos los movimientos que José A. hacía mientras manejaba. Él se dio cuenta, por eso cuando su hijo le hacía alguna pregunta, le respondía complacido. Observar y preguntar: esa fue la estrategia que el niño usó para aprender a manejar cuando tenía tan sólo 12 años.
Pedrito no se le despegaba a su papá. En pocos días descubrió el lugar en el que él guardaba las llaves de repuesto del carro y sin contarle a nadie se adueñó de ellas. Las ocultó hasta que un día decidió enseñar a su mamá y a su hermana mayor a conducir. Las convenció de que el momento ideal para las clases era a la hora de la siesta de José A. pues, él dejaba el automóvil a la vuelta de la esquina de la casa y era improbable que escuchara el arranque del carro. Ellas estuvieron de acuerdo y, entre todos cuadraron los días para las clases teóricas y las prácticas. José A. cuya sabiduría ya se notaba en sus hermosos ojos azul grisáceo no tardó en sospechar que algo raro estaba sucediendo porque, Marina, su esposa, dejó de acompañarlo a la hora del descanso y sus hijos Lucita y Pedrito desaparecían a esa hora. Cual espía avezado descubrió el misterio rápidamente, pero no se enojó ni regañó al niño, ya que lo que José A. había alcanzado a ver de lejos es que les estaba dando instrucciones con el carro apagado. Además, él admiraba a las mujeres independientes, por eso, alargó su siesta, él aspiraba que su esposa y su hija mayor aprendieran a conducir.
Lucita aprendió rápido, tomó solo un par de clases, el tiempo que le sobró lo dedicó a practicar y pasear por el barrio. Doña Marina se demoró un poco más, ella era nerviosa, no se arriesgó a salir sola, lo hizo siempre con su joven instructor.
Los días que le correspondían a Pedrito eran aprovechados al máximo. Él conducía en forma tan veloz que los vecinos se asustaron y le contaron a José A. Le dijeron que él niño prácticamente volaba en su carro por el pueblo y que más temprano que tarde podría ocurrir una tragedia y, para rematar, al día siguiente Lucita incrustó el carro en medio de dos árboles. José A. bregó mucho tiempo sacándolo, literalmente sudó la gota gorda. Si bien él se preocupó, no sermoneó a nadie. Al día siguiente parqueó el carro frente a la ventana de su habitación, la que daba a la calle.
La novedad y la dicha también alcanzaron a los niños vecinos. Ellos resolvieron llamar al carro El Caminante. Todaslastardes lo atalayaban y lo esperaban en la esquina de la calle octava y, en el momento en el que José A. giraba rumbo a su casa que estaba ubicada en la calle sexta, salían corriendo con el fin de ganarle a El Caminante. José A. en ese entonces conducía despacio y les llevaba muchos años de ventaja a los pequeños, así que, les seguía la corriente y aminoraba aún más a la velocidad de su carro. Él gozaba viendo el entusiasmo y las risas de los chicos, los alentaba a correr y a creer que eran mucho más veloces que El Caminante. El respeto que los vecinos sentían por José A. no dejaba de crecer. Los hijos de José A. notaron ese aprecio y cada día se sentían más orgullosos de tener un papá tan sabio.
Meses después la felicidad comenzó a esfumarse, el carro empezó a dar guerra, así decía la esposa de José A. El carro siempre se atascaba en unos tubos gruesos tipo rejilla que estaban puestos a la entrada del aeropuerto, un día les tocó bajarse a empujar porque se hizo un trancón. Doña Marina casi muere de vergüenza en esa oportunidad. Otro día, Pedrito sin permiso se llevó a su hermano menor Fernando hasta el aeropuerto, allá se le trabó la caja al carro, les tocó regresar en primera.
Uno de los problemas del automóvil es que tenía los cambios en la dirección y las varillas molestaban, por esa razón, José A. las hizo ubicar en el piso, el carro mejoró, aunque no del todo. Fernando empezó a darle miedo que su papá se ofreciera a llevarlos al colegio; así que, le sugería que los dejara antes de la carrilera, él temía que el automóvil se fundiera en la subida del colegio…
A pesar de muchos arreglos y un sinfín de idas al taller, el carro siguió fallando. A doña Marina se le acabó la paciencia y empezó a cantaletear a José A. Ella afirmaba que ese carro los iba a arruinar. José A. disimulando su frustración, aguantó varios meses la inconformidad y los reclamos de su esposa.
Un día con resignación tiró la toalla cuando ella en tono enérgico le dijo:
–¡Tu Studebaker es nuestra debacle! La responsabilidad de que nos arruinemos y de que nuestros hijos no puedan estudiar es toda tuya, después no digas que no te lo advertí.
Sin disimular el dolor en su alma, a José A. le tocó salir de su último automóvil. Sus hijos ni siquiera se acuerdan a quién se lo vendió, pero sí añoran con cariño a ese cacharro y se desternillan de la risa al recordar las pilatunas, vivencias, alegrías, emociones y vergüenzas que les brindó. Además, con nostalgia admiten que, aunque José A. no les compró el carro que estaba de moda, sí les demostró que su amor era tan fuerte como el motor de su viejo Studebaker.