Por: Raquel Casallas C.
Esther abrió los ojos sobresaltada, los rayos del sol se habían colado por la rendija de la persiana logrando despertarla. Recorrió con su mirada cada uno de los objetos de la habitación, tratando de recordar en dónde estaba. No sabía si era un sueño o era realidad. Cerró los ojos nuevamente y, como en una película, comenzaron a aparecer las imágenes de grandes extensiones con cultivos en forma de terrazas y bordeados de muchos ríos, lagos y lagunas que formaban verdes y ricas llanuras. Era lo que le había quedado grabado en su memoria durante las tres horas del viaje en tren desde Hong Kong hasta la ciudad de Güillín el día anterior.
Sin poderlo evitar, Esther saltó de la cama despertando a su marido que dormía plácidamente a su lado. Un duchazo con agua fría terminó de despertarla por completo. Mientras se vestía y se ponía algo de maquillaje, sintió un leve cosquilleo en el estómago de solo imaginarse lo que les esperaba en el paseo en barco por el río Lijiang que harían ese día ella y su familia.
Era una mañana fría y algo lluviosa, finalizaba la primavera y el sol se asomaba tímido detrás de las montañas. Su marido no se sentía bien y decidió quedarse en el hotel. Esther y sus dos hijos se apresuraron a llegar al puerto y abordaron el crucero sin problema, buscaron el mejor lugar que les permitiera observar, en todo su esplendor, el paisaje natural que el recorrido les ofrecía.
Los recibió un ambiente acogedor y confortable, unido a la calidez y simpatía de la tripulación. Esther detalló el lugar con atención. En cada uno de los espacios dispuestos para los pasajeros, mullidas sillas color tabaco encajaban perfectamente con mesas rectangulares de madera; en vajillas de porcelana, dispuestas para servir el té caliente, en recipientes de cristal en los que reposaban diferentes semillas y frutos secos propios de la región y en grandes jarrones con figuras de leones y dragones ubicados en cada uno de los rincones, le parecían seres reales que vigilaban expectantes a los visitantes.
Todo ese colorido y variedad la hicieron sentirse privilegiada de estar allí; más aún, con el panorama que ofrecía el ventanal: las aguas del río, totalmente claras, con tonalidades de un azul profundo y también verdoso por el reflejo de imponentes montañas, que adornaban el paisaje.
No fue mucho el tiempo que Esther estuvo sentada en el lugar que habían escogido, una extraña sensación la obligó a separarse del grupo y salir a la cubierta a pesar de la fina lluvia que caía en ese momento. Sin duda alguna, aquel lugar ejercía sobre ella una extraña atracción. En medio de una niebla densa e imperecedera, las formas caprichosas de las montañas de origen kárstico, dotadas de abundante vegetación, iban apareciendo una tras la otra, como seres fantasmales que la observaban con atención.
El tiempo transcurría lentamente, sentía que sus pies se habían clavado para siempre en el mismo lugar. La embarcación navegaba muy despacio, brindándole la oportunidad de deleitarse con el sonido del viento, la luz que rebotaba en azules rayos y el reflejo de las verdes hondonadas
De manera inesperada, la niebla se hizo más densa cubriéndolo todo de plata. Ensimismada como estaba ante aquel espectáculo que la naturaleza le ofrecía, Esther no se percató de que poco a poco fueron saliendo a la cubierta varias personas, entre ellas sus hijos, en dirección a la popa de la embarcación. Era el momento de encontrar la coincidencia entre la foto estampada en el billete de 20 yuanes y la imagen real, en donde las montañas, de diferentes formas y tamaños, se juntan una detrás de la otra, en un punto perdido del horizonte.
Ella, totalmente ajena a aquel ritual, se dejó llevar por la imaginación. Sintió que su cuerpo ya no era de carne y hueso, sino de cal, su piel era ahora era vegetación. Una suave brisa la envolvió y, como si tuviera alas, voló hasta la cima más alta, siguiendo el murmullo de una voz que la llamaba con insistencia y la invitaba a danzar al ritmo alegre del viento, el canto de las aves y sonido del agua. Sus brazos se extendieron como ramas que luego se fusionaron con las de los árboles del gran bosque detrás de las montañas, “No te vayas”, alguien le habló al oído y un manto blanco los ocultó.
Esther hubiera querido bajar y entrar a aquel misterioso lugar, sabía que allí existían cuevas muy antiguas de formación rocosa, en cuyo interior reposaban más de 70 inscripciones de poemas y diarios de viaje escritos en tinta por los visitantes y decoradas con esculturas de origen natural.
—Madre, ¡ya vamos a llegar! —le gritó su hija saliendo apresurada a la cubierta.
Caía la tarde, el recorrido en el barco había terminado, era hora de regresar al puerto de donde habían partido.
—“Me gustaría quedarme para siempre en este lugar” —pensó Esther—, pero el llamado insistente también del hijo, la hizo volver a la realidad.
Salieron del embarcadero y comenzaron a caminar adentrándose en el centro de la ciudad. Eran calles largas y adoquinadas con azulejos que los invitaba a recorrerlas con tranquilidad. A medida que avanzaban fueron apareciendo ante sus ojos, los techos arqueados de las pagodas del sol y de la luna, que como seres gigantescos asomaban sus cabezas recordando su antiguo origen e importancia cultural, rodeadas de las montañas y las aguas verdes que acababan de recorrer.
Más adelante se fueron encontrando con el colorido de las artesanías y de los trajes típicos exhibidos en los aparadores unidos a los deliciosos pasteles y variados dulces de frutas exóticas, formaban un cuadro folclórico único que los dejó extasiados. La calidez de la gente ofreciendo sus productos llamaba la atención de Esther quien aceptaba gustosa la invitación, abriendo sus ojos y arqueando sus cejas, pedía rebaja y con una gran sonrisa aceptaba la oferta final. Era un juego amable que superaba la barrera del idioma y permitía una gran conexión.
A lo lejos, como si fuera una aparición, Esther y sus hijos divisaron una montaña con la forma de trompa de un elefante gigante que parecía beber agua de uno de los lagos que se unen al río Lijiang.
— Mañana iremos a conocer el parque, —dijo Esther mirando a sus hijos con una gran sonrisa.
—¡Claro que sí!!, respondieron ellos en coro.
—y lo haremos por su puesto los cuatro, —afirmó con seguridad Esther.
(*) Así denominan los chinos a la ciudad de Güillín, capital de la provincia de Guangu.