El árbol que nació del abandono

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Luis Fernando Estrada Valencia.

Eran apenas los albores del siglo XX, cuando el niño Juan Antonio y su hermana Clara, jugaban siempre juntos, eran inseparables, inventando mundos mágicos, donde nada malo podía pasar.

Sin embargo, no entendían por qué aquella mañana su madre había barrido la casa con tanta prisa. El polvo levantado con la escoba parecía humo de incendio bajo la luz fría del amanecer.

Clara estaba sentada en el borde de la cama de fique abrazando a su hermanito menor, mientras miraba cómo ella doblaba unas cuantas ropas y las metía dentro de un costal viejo.

La mujer casi no hablaba. Apenas daba órdenes cortas, secas, como si las palabras le estorbaran.

─Quédense quietos─

─No lloren─

─Y no me hagan difícil esto─

Clara tenía siete años y Juan Antonio cinco. Ya conocían el tono de las desgracias.

Afuera, el campo despertaba entre gallos y neblina. Las montañas parecían dormidas todavía, indiferentes a lo que ocurría dentro de aquella casa pobre levantada con bahareque y tablas torcidas. Desde la cocina llegaba el olor a leña apagada y café requemado. Todo era tan cotidiano que costaba creer que el mundo estuviera a punto de romperse.

Cuando apareció el hombre en el portón, el niño sintió miedo antes de entender nada.

Venía montado en una mula color ceniza. Traía sombrero negro, machete al cinto y una paciencia incómoda en la mirada. No saludó. Apenas se quedó esperando junto al portón, como quien ha ido a recoger un encargo.

La madre terminó de arreglarse el cabello frente a un pedazo de espejo rajado. Después tomó el costal y salió.

El niño la siguió hasta el patio.

─ ¿Mamá, pa’ dónde vamos? ─

Ella evitó mirarlo.

─Ustedes no vienen.

Aquella frase quedó suspendida en el aire, más pesada que las montañas.

La niña comenzó a llorar despacio, sin entender. El niño, en cambio, sintió algo distinto: una especie de vacío helado que le fue subiendo desde el estómago hasta la garganta.

La mujer se arrodilló frente a ellos. Por un instante pareció arrepentida, les acomodó la ropa, les limpió la cara con las manos ásperas y los observó como si quisiera memorizarles el rostro antes de desaparecer.

Pero el momento duró apenas un suspiro.

─Busquen donde quedarse ─ dijo

─Ya están grandes─

El niño se miró sus piernas flacas cubiertas de barro seco y sintió vergüenza de no ser todavía un hombre capaz de cuidar a nadie.

La madre se levantó. Luego caminó hacia el portón sin volver la cabeza.

El hombre de sombrero la ayudó a subir a la mula y ambos se alejaron lentamente por el camino de piedra.

Ni siquiera hubo despedida. Solo el ruido apagado de los cascos perdiéndose entre la neblina.

El niño permaneció inmóvil. Su hermana se abrazó a su cintura. El viento frío comenzó a entrar por las mangas rotas de la camisa.

Entonces entendió algo terrible: ya no tenían casa ni madre, ni lugar en el mundo.

Y aunque todavía no lo sabía, aquella mañana sería el origen silencioso de toda la dureza que años después sus hijos confundirían con carácter.

Porque algunos hombres nacen dos veces: la primera, cuando llegan al mundo; la segunda, cuando alguien los abandona.

Clara tomó la mano de su hermanito y trató de no llorar. Caminaban sin rumbo, sin saber a dónde ir. Cuando el hambre los venció, Ella comenzó a cazar mariposas las cuales comían con hojas verdes de árboles frutales que hallaban por el camino, y también hierbas aromáticas que conocían a la perfección. La gente pasaba, sin notar que los dos infantes estaban desamparados por abandono de su madre.

Al caer la tarde y cuando ya comenzaba a ponerse umbrosa, una mujer mayor los vio.

─Dónde están sus padres? ─ preguntó con dulzura. Clara bajó la mirada, avergonzada, mientras Juan Antonio se abrazaba a ella. La mujer, que por casualidad también llamaba Clara como la niña, los abrigó y llevó a su casa, donde su esposo Ludovino y les sirvió un plato de sopa caliente.

Ya cuando entraron en confianza, la niña quien mejor desarrollaba el habla, comentó que su mamá los había enviado a la calle porque ella debía irse muy lejos.

Al siguiente día, llevaron a la niña Clara abrigada con una cobija azul, donde otra familia bondadosa, para ellos le dieran la crianza merecida

Clara y su esposo Ludovino, acogieron a Juan Antonio y lo integraron como parte de la familia la cual ya venía conformada por tres hijos.

No hubo preguntas ni promesas. Simplemente le abrieron espacio en la mesa, le dieron una hamaca limpia y comenzaron a llamarlo por su nombre con una naturalidad que, poco a poco fue pareciéndose al cariño.

El tiempo pasaba y era tanto el amor de todos hacia el nuevo integrante de este grupo familiar, que nunca se notó que fuera ajeno a ellos. Era tanta la hermandad, que todos crecieron con sus mismos principios y virtudes llevándolos a una convivencia única, principalmente porque eran chistosos, bromistas y forma de ser agradable.

Creció entre montañas. Aprendió a distinguir la lluvia por el olor del viento, a ordeñar antes del amanecer y a caminar descalzo sobre la tierra húmeda sin lastimarse.

En las noches escuchaba cuentos junto al fogón, mientras las brasas iluminaban los rostros cansados de aquella gente sencilla que, sin proponérselo, le devolvió la infancia que había perdido en una sola mañana.

Fue feliz allí.

A veces, incluso, olvidaba el abandono.

Pero el dolor nunca desaparece del todo; apenas aprende a quedarse quieto en algún rincón del alma.

Con los años, se volvió un hombre fuerte y trabajador. Tenía una forma serena de mirar el horizonte, como si siempre estuviera esperando algo que no terminaba de llegar. Las muchachas lo buscaban en las fiestas de pueblo porque bailaba bien y además era buen hablador.

A los veinticinco años, Juan Antonio se casó con una hermosa quindiana llamada Ernestina. Juntos levantaron un hogar y trajeron al mundo ocho hijos, entre ellos quien hoy escribe estas líneas.

A su hermana Clara, él no le perdía el rastro y, fue por eso que la conocí personalmente siendo ya una mujer madura. Al poco tiempo, una enfermedad terminal truncó su vida para siempre.

Ninguno de nosotros alcanzó a imaginar, durante muchos años, que detrás de los silencios de Juan Antonio, habitaba aquel niño de cinco años que una mañana vio alejarse a su madre por un camino de piedra envuelto en neblina.

La vida intentó quebrarlo temprano. Le arrebató el techo, la sangre y las certezas. Pero no logró arrancarle lo más importante: la capacidad de amar.

Y quizás esa sea la mayor victoria de los hombres verdaderamente grandes.

Porque Juan Antonio no heredó una familia: la perdió.

No recibió una infancia: tuvo que reconstruirla.

No aprendió el amor de quien le dio la vida: lo aprendió de quienes le abrieron la puerta cuando ya no tenía a dónde ir.

Por eso, cuando hoy miro hacia atrás y sigo el hilo de nuestra historia, comprendo que esta crónica no comenzó con una tragedia.

Comenzó con un niño abandonado en un camino.

Y terminó convirtiéndose en el árbol generoso bajo cuya sombra crecimos todos.

Mientras exista uno solo de sus descendientes que recuerde su nombre, aquella mañana de abandono no tendrá la última palabra.

La última palabra será siempre la misma:

resistencia.