Por Yolanda Camacho.
Desde mi ventana, el mundo respira distinto.
Cada mañana, cuando abro los ojos y me acerco al cristal, siento que el día me recibe sin palabras, como lo hacen las cosas verdaderamente importantes. No hay necesidad de explicaciones. Está allí, desplegado ante mí, como una página abierta del libro que nunca me canso de leer.
El verde inunda la mirada. Es un verde profundo, casi terco, que se aferra a la tierra a pesar de la ciudad que avanza. Entre los árboles —algunos altos, otros simplemente resistentes— se esconde el río Fucha. Lo observo con la paciencia que uno guarda para lo que ama en secreto. Es un hilo de agua que no pretende llamar la atención, pero que está siempre ahí, constante, fiel. Su corriente murmura cosas que no entiendo, pero intuyo: memorias de otros tiempos, palabras que el viento arrastró, quizás el eco de alguien que también lo miró, muchos años antes que yo.
Un puente lo cruza como quien tiende la mano entre dos mundos. De metal sobrio, con cicatrices de grafitis, sostiene el paso de bicicletas y pensamientos. A veces veo a alguien cruzar pedaleando, con una mochila al hombro y la mirada al frente. No sé a dónde va, pero me gusta imaginar que pedalea hacia algo más que su destino inmediato. Tal vez pedalea hacia una promesa, hacia una esperanza, o simplemente hacia la belleza de moverse libre bajo el cielo.
Y que cielo…
Durante el día, es un lienzo cambiante. A veces limpio como una hoja en blanco, otras cubierto de nubes que viajan con prisa, como si buscaran algo que perdieron. Las montañas al fondo le dan profundidad al paisaje. Con sus sombras azules y su presencia inquebrantable, parecen guardar el equilibrio de todo lo demás. Detrás de los edificios, los picos descansan, pacientes, sabiendo que ellas fueron las primeras en estar aquí, y probablemente serán las últimas en irse.
Pero es en la noche cuando la ventana se transforma.
Todo se apacigua. El verde se vuelve negro, el río se oculta por completo, y la ciudad enciende su corazón eléctrico. Las luces de los edificios titilan como pequeñas constelaciones urbanas. El silencio se vuelve más denso, más sonoro.
Y arriba, el cielo se abre como un templo.
La luna, a veces redonda como un abrazo, otras veces apenas una uña de plata, cuelga sobre las montañas como una linterna suave. Hay noches en que parece tan cercana que uno podría hablarle. Y yo le hablo. Le cuento mis cosas. Le confieso mis dudas. Le pido que no me deje de mirar. Le encargo el amoroso abrazo para mis hijos y sus familias, pero sobre todo para mi hijo más allá del océano.
Las estrellas, tantas y tan calladas, vigilan sin juicio. Cada una es una historia sin contar, una carta que nadie ha abierto. Me gusta pensar que quienes ya no están, brillan allí arriba. No como metáfora poética, sino como una verdad secreta que el universo nos susurra cuando dormimos.
A lo lejos, muy alto, pasan los aviones.
Sus luces parpadean como luciérnagas mecánicas atravesando el infinito. Y yo los sigo con la mirada hasta que desaparecen. Siempre imagino a alguien ahí dentro, apoyado contra la ventanilla, soñando con abrazar a alguien del otro lado del vuelo. Tal vez un reencuentro, tal vez un adiós pospuesto. Me gusta creer que esos aviones conducen sueños, que navegan por el cielo no solo con cuerpos, sino con anhelos, con cartas que no se escribieron, con besos que no llegaron a darse, con la esperanza del reencuentro.
Desde mi ventana, la noche no es ausencia de luz, sino presencia de misterio. Todo se vuelve más verdadero cuando la oscuridad cae. Y en ese instante sagrado entre el último ruido del día y el primer sueño de la noche, el mundo, mi mundo, se vuelve poema sin necesidad de palabras.
Quizá por eso regreso siempre a esta ventana.
Porque desde aquí no solo miro, sino que recuerdo, oro y abrazo. Y soñar, me doy cuenta, es también una forma de mirar.
El firmamento y otros silencios
Desde mi rincón de mundo,
donde una vez floreció el canto de las aves,
hoy solo queda
el eco del silencio.
El firmamento sigue ahí, intacto,
infinito en su azul que no envejece,
pero lo que cubre ya no es lo mismo.
Hubo un tiempo en que el río hablaba,
pequeño y secreto,
rozando las piedras con voz de caricia,
susurrando cuentos a los juncos
y saludando al paso leve de las tinguas.
El humedal era un suspiro vivo,
una memoria húmeda del origen,
una promesa de permanencia.
Hoy, esa voz se ha ido.
El río aún fluye, sí,
pero murmura bajo rejas,
entre concreto y sombra.
No canta: resiste.
Donde anidaban las garzas
ahora se alzan torres,
frías, rectas, insomnes.
Son edificios sin raíz,
sin canto, sin refugio.
Han ganado la altura,
pero han perdido el alma.
Los árboles, antes cómplices del viento,
fueron arrancados sin disculpas.
Y las bicicletas que cruzaban el puente
ya no saludan al paisaje,
porque el paisaje se ha ido,
como se va la infancia:
sin aviso, sin regreso.
Solo el firmamento permanece.
Inmenso, fiel, distante.
Y en las noches,
cuando todo parece dormido,
aún se dibujan las luces de los aviones,
conduciendo sueños extraviados
hacia destinos que quizás contengan
un poco del verde que aquí se perdió.
Las estrellas miran,
como quien observa una casa antigua
que ya nadie habita.
La luna pasa de largo,
más sola que nunca.
Y yo, desde mi ventana,
anoto estos silencios,
porque alguien tiene que recordarlos.
Alguien tiene que decir
que aquí hubo agua,
que aquí hubo alas,
que aquí,
una vez,
la tierra tocó el cielo.
AdnaloY OchamaC