LA PÁTINA DEL TIEMPO, EL COLOR DE LOS RECUERDOS

Inés Méndez García.

Cuando me aproximo a este libro del año 1949, puedo sentir las manos de mi papá con su esferográfico firme escribiendo su nombre para marcarlo, pasando suavemente sus páginas desde las puntas inferiores, sin arrugarlas y con esos ojos grises en búsqueda de las expresiones que lo alimentaban como lector, en una exploración semejante a la que realizaba cuando iba a comprar una finca.

Hay objetos que el tiempo no envejece: los convierte en memoria. Este ejemplar en su espacio, allí carente de intención, su designio se revelaría de manera inesperada: preservar la memoria de ese ser amado. Quien custodió sus huellas en él, que indudablemente es uno de los medios para evocarlo en su ausencia.

Sin llamarlo acudió como “porque sí”, aun sabiendo lo que decían de él, que únicamente lo consultaban por la necesidad. Reapareció en nuestro entorno con la calma que dan los años para ocupar ese lugar que su dueño le atribuyó desde que se conocieron; tal vez en alguna librería del centro de Bogotá frecuentada por él. Esa Ortografía Analítica como por arte de magia llegó un día a la biblioteca de mi vida.

Mis manos temblorosas y mis ojos incrédulos lo ayudaron a salir de su lugar, ese libro de colores ocre y gris me decía desde su silencio y su contextura que lo tomara con “manos de seda”. Cada vez que lo leo me hace preguntas de esas que a veces son de respuestas inexactas y nos enfrascamos en discusiones acerca de la mejor manera de aprender y enseñar ortografía y de la importancia de estar presente en todos los escritos.

Recuerdo que en mis años escolares la memoria era clave para recitar, aun sin entender lo que llamaban las reglas ortográficas, leídas del tablero en coro con el respectivo sonsonete, para copiarlas en el cuaderno de Castellano y recitarlas “como loros mojados” en la siguiente clase.

La curiosidad pone mi corazón a mil y como una guía turística, comienza a llevarme como viajera en un tren por las más de doscientas páginas del libro con los programas de primero a quinto grados de primaria que desarrolla por estaciones con diferentes nombres, vienen las conclusiones y los ejercicios para recordarlos y termina con los dictados donde los turistas pueden traer a su vida todo lo que les llamó más la atención o decidir si quieren regresar a alguna etapa del itinerario.

Reconstruyo aquél encuentro que soñó mi papá con Lázaro Nieto en el Café Pasaje de Bogotá entre banderines, afiches del Santa Fe, cuadros de sitios turísticos de la ciudad, luces rojas y amarillas, mesas y sillas granate que se engalanaban con la presencia y huellas de personajes de la política, la cultura y el arte del país― tomando café servido en loza revolviéndolo con la cucharita de peltre particularidad del lugar. ¿Qué se dirían? Veo a mi papá con una sonrisa y su mano derecha extendida:

—Por fin nos encontramos, mucho gusto, Efraín Méndez Cárdenas, para servirle. —¡Qué buen libro, doctor Nieto! Seguro le contaría que uno de sus anhelos era que las tres hijas que iba a tener fueran profesoras que compartieran su gusto por leer, descubrieran métodos para enseñar a amar la lectura y la correcta escritura.

El profesor, con sus palabras, le dejó claro que con su invento los alumnos aprendían a pensar: recitó con voz pausada: —“Dedico este humilde trabajo a las escuelas y colegios del país y a las personas sensatas que aprecian la Ortografía como la clave para una buena educación y de una cultura bien cimentada»..

Después del segundo tinto se despidieron entre una combinación de las expresiones paisas y las bogotanas.

A la luz de esos nuevos ojos, para mi papá la portada se vistió del reflejo de su vida de campesino entre los colores de la vegetación, esos tonos de verdes grisáceos y oscuros que llevaban a pensar en un río de nuestra querida Colombia, como el Piedras, el Magdalena, el Sumapaz, el Arauca y otros tantos que empaparon nuestros cuerpos y en esas piedras que servían de escaleras para las fotos de recuerdo de los paseos; en la arena que los rodeaban y en esos grises seda de las nubes que en forma de caricias anunciaban amaneceres y atardeceres. Y el color del café, el de la bebida caliente que antes de las seis de la mañana ya lo había despertado, ese mismo que compartía el tono de la madera siempre presente en su vida, el aserradero que hasta el final de sus días le regaló los planchones que sacaba a la carretera para ser transportados a Armenia.

Pasa el tiempo y, contrario a los humanos, esta obra mantiene con vida sus relatos, palabras, adivinaciones supersticiosas, fragmentos de Miguel Antonio Caro, Miguel de Cervantes, Amado Nervo, Tomás Carrasquilla, Guillermo Valencia; poesías de Gabriela Mistral y los famosos dictados frecuentes en nuestra vida de estudiantes plasmados con la inquietud de aplicar las reglas ortográficas previamente indicadas. En general las tizas, lápices o lapiceros de colores ―de preferencia el rojo― se asociaron a la corrección de los llamados “horrores de ortografía”. Ese era un ejercicio que presumo muchos de nosotros realizamos y seguro nos desagradaría repetir.

Pienso en la ortografía y sus vericuetos, la maestría es poder encontrarlos en la comunicación tanto verbal como escrita o sino pensemos cuántas veces en soledad escarbamos en el diccionario y más recientemente en internet para convencernos o reafirmar que una determinada expresión es la que nos ayuda a decir correctamente lo que queremos manifestar.

Al final comprendí, que mi papá no había dejado su nombre escrito solamente en aquel libro: lo había escrito en mí. Y mientras yo pueda nombrarlo, ninguna pátina del tiempo conseguirá borrarlo.