Por Rosemary León Buitrago.
Somos una pareja rara. Ambas sentadas en las escalinatas del ashram, compitiendo por las escasas rupias o puñados de arroz que los devotos nos dan a cambio de los rezos que durante horas entonamos con címbalos y pequeños tambores. Ella ronda los sesenta años. Yo apenas tengo doce. Contrario a lo que piensan, no somos abuela y nieta, sino un par de viudas descalzas, enfermas y marginadas, a quienes nuestras familias se negaron a mantener, robándonos, además, el pasado y el futuro.
Las calles de Vindravan, donde creció el dios Krishna, son nuestra casa. Allí dormimos con el temor a ser asaltadas, golpeadas o violadas. Para todo lo demás, somos invisibles. Nuestros harapos blancos nos recuerdan lo que somos. Cuando rezamos en los templos, lloramos. Cuando dormimos, lloramos. Cuando cocinamos, lloramos. Cuando conversamos en las noches sentadas en el andén con otras llegadas de lugares distantes, campesinas y analfabetas, lloramos. Kamala, la de la mirada perdida, se lamenta: «Al enviudar me fui a vivir con mi hijo y su esposa, a quienes tuve que entregarles mis bienes y las alhajas que recibí en mi boda. Me mantenían encerrada. No me daban comida todos los días porque, por mí, la desgracia había entrado a la familia». Más allá, Indira nos muestra la herida en la cabeza mientras con gran nostalgia recapitula: «Mi nuera me amenazaba a diario con una vara y permitía que mi nieta me tirara contra la pared, por ser una vergüenza para la sociedad».
En nuestro país, somos más de cuarenta millones de viudas. En la India, la viudez significa ser culpable de la muerte del esposo. Si el marido murió, fue por el infortunio que su mujer le contagió. A Vindravan hemos llegado para vivir cerca de cincuenta mil, sabiendo que no pueden echarnos. Aunque con Nirmala nos separan décadas, ambas anhelamos la muerte. Tenemos la certeza de que nuestros cuerpos serán metidos en bolsas de yute y lanzados al río Yamuna, sin nombre y sin parientes. Muertas para volver a ser felices, al liberarnos de nuestro karma y alcanzar así el nirvana.
Mientras ese día llega, empezamos cada mañana dibujando líneas verticales entre frente y nariz con polvo negro, para que nos identifiquen los demás habitantes como mujeres con esposo fallecido a causa de nuestra mala fortuna. Aceptamos el destino que nos ha marcado el texto sagrado hindú: «… Una viuda debe sufrir hasta que muera». Esto incluye ayunar, raparnos la cabeza, no llevar joyas ni maquillaje, reconocer que no somos dignas de recibir atención en un hospital o dispensario cuando lo necesitamos, y a renunciar a los placeres de la vida.
Llega marzo. Toda la ciudad reverbera con el Holi, la festividad de la primavera y de los colores. Es el tiempo de borrar las barreras de las castas, origen y religión, bailar jubilosamente, embadurnar a los transeúntes con polvos y pigmentos acuosos. Como el Holi es el festival de la vida y nuestros andrajos blancos ostentan el color de la muerte, no podemos participar. Nos está prohibido sentir alegría, corear y bailotear. Debemos ocultarnos.
El Holi para los turistas occidentales es otra cosa. No hay nada espiritual en ellos. Se divierten comprando en los puestos callejeros ropa blanca, polvos y pequeñas flautas que dispararán entre risas a quien les pase por el frente, mientras la música, los sonidos del teatro y el ritmo del folclor retumban en las calles.
Nunca imaginamos que el templo de Gopinath nos invitaría a reunirnos para el festejo del Holi a puerta cerrada. Nos costó trabajo convidar a otras viudas incrédulas y desesperanzadas a sentarse en el pavimento y tejer guirnaldas de flores. No podía esperarse otra cosa de mujeres que renunciamos a tener sueños o ilusiones a causa de la maldición que nos subyuga. Otras tuvimos que esperar a que la noche avanzara, mientras se encendían las grandes hogueras que representan la victoria del bien sobre el mal, para sigilosamente llegar al enorme mandir donde recogimos los pétalos caídos de los llevados por los creyentes al dios Banke Bihari. Regresamos con el pulso acelerado a nuestro punto de encuentro, esquivando a quienes atiborraban las vías bajo los efectos del popular bhang, bebida lechosa mezclada con brotes y hojas de cannabis, conscientes de que en cualquier momento el ambiente podría tornarse en acoso y violencia contra nosotras.
Desde el amanecer pusimos nuestras manos en la mezcla de cúrcuma, henna y extractos de flores para fabricar el gulal, polvo de colores. Según la tradición, el rojo simboliza el amor y la fertilidad; el azul, a la deidad Krishna; el amarillo, a la cúrcuma y el verde representa la primavera y los nuevos comienzos.
A medio día, jóvenes y viejas nos acicalamos vistiendo los irisados saris que recibimos de una ONG para el jolgorio. Muchas no habían tenido uno desde hacía quince o veinte años, por lo que sus rostros hablaban de la felicidad que sentían. Subimos en tríos a los pequeños coches de pasajeros llamados rickshaw, para ir al templo. Solamente hasta llegar nos dimos cuenta de la dimensión del evento: éramos 2.000 mujeres viudas reunidas por primera vez para celebrar el Holi, gracias al sacerdote que lo permitió. Como él mismo lo expresó: «No puedes separarte de Dios. Él nunca te deja huérfano. Krishna es el único esposo verdaderamente eterno de cada mujer. Por eso deben festejar el Holi».
Abrazos y saludos amables de otras viudas, hasta entonces desconocidas, nos rodearon. Nos dieron la bienvenida con guiyas, las deliciosas empanadas rellenas de frutos secos, y con las mathri, galletas de harina y especias que nos quitaron el hambre. Saboreamos el papad, harina de frijol frita crujiente, mientras intentábamos recordar cómo se preparaban. Nos deleitamos con el malpua, crepé con azúcar y coco acompañado de thandai, la aromática bebida azucarada a base de leche, almendras, especias y pétalos de rosa que nos devolvió a los tiempos felices de la infancia.
Los ojos ciegos de Nirmala, acostumbrados a las sombras y la policromía muda entre sus dedos, no fueron ajenos al barullo de la fiesta. Imposible no cantar y danzar con nosotras mientras liberamos en los polvos naranja suspendidos en la brisa la angustia acumulada. Arrojamos en las serpientes de partículas magenta la tristeza que se ha anclado en nuestra alma. Al echar al viento las migas de polvo rojo, la vergüenza con la que nos señalan. En los granos marrones danzantes en el aire, la culpa que hemos tenido que arrastrar sin merecerla. En la mezcla lavanda, la invisibilidad en la que existimos y en la polvareda coral, el estigma que nos partió la vida.
Mientras el aerosol de polvos bellos brillaba formando espirales y formas onduladas buscando dónde caer, entonamos este verso: «Celebremos el Holi con todo el corazón. Unámonos con amor a las familias que nos repudiaron. Vivamos el presente en el que por primera vez en tantos años nuestros saris, rostros y espíritus se colman con los mil colores de la alegría. Lo que ocurra mañana, ninguna lo sabe».