Por Yadira Cristancho.
Abres los ojos y aún no comprendes dónde estás ni qué ha pasado con la niña.
Días antes, con el azul y el sol de los días de diciembre, estabas en la hacienda, terminando el ordeño. Entonces Rosa, con el rostro pálido y el cansancio reflejado en sus ojos, te dijo con temor:
—Hoy no me siento bien, veo mis manos más inflamadas que ayer y me duele mucho la cabeza.
No eran solo palabras; era la confesión de un cuerpo agotado y de un corazón lleno de miedo. Tú la miraste con preocupación y, aunque tu voz sonó firme, por dentro te invadía la ansiedad:
—Voy a pedir permiso a los patrones y la llevo al hospital del pueblo.
Cuando llegaron al hospital, que más que hospital es un puesto de salud, con sus pasillos interminables y su burocracia, los hacen esperar horas. Finalmente, le dijiste al médico con un tono respetuoso, aunque tus pensamientos gritaban súplica:
—Mi esposa no se siente bien, ya cumplió ocho meses de embarazo.
El médico, tras examinarla, ordenó análisis y concluyó con frialdad que lo mejor era remitirla al hospital de Bogotá. Tú sentiste cómo la palabra preeclampsia te quemaba por dentro. Los tratamientos son fuertes y producen sueño y hasta alucinaciones. El traslado a Bogotá es inevitable; la ambulancia, con sirenas y luces que parecen bailar entre el tráfico, arrastra consigo la esperanza de ambos.
Sostuviste la mano de Rosa, esas manos callosas del trabajo arduo del campo. Tratas de transmitirle fuerza, aunque tu corazón temblaba.
Ya en el hospital, los protocolos fueron rápidos. Te pidieron que volvieras al día siguiente con pijamas y artículos de aseo, también ropa para el bebé. Te inclinaste sobre ella, acariciaste su cabello y dijiste con ternura:
—Adiós, Rosita. Mañana vengo con sus cosas.
Pero lo que pensabas en silencio era: «Ojalá pudiera quedarme aquí, amor, no dejarla sola ni un instante».
Al regresar a la hacienda, Max te recibió con saltos y movimientos de cola. Sabes cómo son los perros, demuestran su felicidad o su tristeza. El perro, sin palabras, parecía recordarte que aún existía la alegría.
La mañana siguiente, a la madrugada, compartiste café con panela y una arepa con tu fiel compañero y fuiste al trabajo. Mientras ordeñabas, pensabas en tu esposa y en el hijo que esperaban. «¿Cómo será? ¿Tendrá los ojos brillantes de Rosa? ¿Su dulce sonrisa?».
Sobre las 10 de la mañana, el sol abrazante pasaba factura; la sed y el hambre te llevaron a casa a buscar algo de comer. En otro tiempo, Rosita te lo llevaba al potrero, siempre con Max.
Más tarde viajaste a Bogotá, llevando contigo las cosas que ella necesitaba. En el bus compraste una manilla azul, como una promesa silenciosa de esperanza; ya sabes, en Bogotá, en los buses los vendedores ofrecen cuanto cachivache se les ocurre. También cantan y piden ayuda económica.
Al verla, te abalanzaste en un abrazo.
—Hola, amor —dijiste, intentando ocultar tu cansancio con una sonrisa—. ¿Cómo estás?
Ella, aunque débil, quiso tranquilizarte:
—Todavía no me siento bien, pero ya me están tratando. ¿Y Max, cómo está?
—Se quedó triste, no le gusta quedarse solo —respondiste. Y luego, con la inquietud oprimiéndote el pecho, agregaste—. Voy a preguntar cuánto tiempo más tendrás que estar aquí.
Ella asintió con resignación y, mientras la enfermera te explicaba que no habría salida hasta que mejorara, tú le acariciaste el vientre y preguntaste con ilusión:
—¿El niño se mueve?
—Sí —respondió ella con una leve risa—. Sigue muy activo, como su papá.
Sin embargo, en su mirada se esconde el miedo. Intentas tranquilizarla, pero por dentro te repites que la distancia con la hacienda y la ausencia de sus patrones complican todo.
—Mi compadre me dijo que me podía reemplazar algún día para que venga a verla.
—Sí, amor, hay que cuidar el trabajo. Ahora más que nunca con nuestro bebé.
Cuatro días pasan sin noticias. Cuando por fin consigues a tu compadre como reemplazo, viajas con prisa al hospital. Una torta hecha en casa y un corazón lleno de esperanza te acompañan. Pero, al llegar, encuentras la cama vacía.
La enfermera te explica con voz profesional, pero no menos dolorosa:
—Su hija nació a medianoche, pero sin vida. Su esposa tuvo complicaciones y fue remitida a cuidados intensivos al Policlínico.
Sientes que el mundo se te rompe. Apenas logras asentir cuando te piden autorización para estudiar la causa de la muerte de la niña.
Camino al Policlínico, con el corazón hecho pedazos, lloraste todo el tiempo.
—Señor, el horario de visitas comienza en una hora. Debe lavarse las manos allá —señala con el dedo un lavamanos— y ponerse una bata antes de entrar.
Cada minuto que esperas para verla se convierte en un tormento. Cuando por fin entras, la encuentras débil, medio dormida, casi desvanecida por la pérdida de sangre. La abrazas con un amor desesperado. Ella, apenas consciente, murmura:
—Amor, es una niña… tiene su misma cara. Es hermosa, nació a las seis de la tarde, ¿ya la vio? ¿En dónde la tienen?
—Tranquila, descansa.
La abrazas y la besas.
La enfermera te dijo que el tratamiento produce alucinaciones. Te preguntas: «¿Esto le puede estar pasando a Rosita? ¿Por qué me asegura que la vio viva?».
Sales y preguntas a la enfermera:
—¿Trajeron también a la niña recién nacida?
En tu cabeza se arremolinan las preguntas sin respuestas, sentimientos encontrados.
Te dicen que nació en el hospital a medianoche sin vida y no a las seis. Al Policlínico solo llegó su señora.
—Amor, ¿seguro que a las seis?
—Sí, porque comencé trabajo de parto a la 1 de la tarde y a las seis la niña lloró, la vi, abrió los ojitos, se parecía mucho a usted, amor, esa era la hora que marcaba el reloj de la sala donde me llevaron.
—Amor, me dicen que fue a medianoche y la niña estaba muerta.
—¡No! Estaba viva, yo la vi.
Las lágrimas empiezan a brotar y se repetía una y otra vez:
—Está viva, yo la vi… Después me desmayé y desperté aquí, en el Policlínico, en cuidados intensivos.
Han pasado 19 años y todavía te preguntas: ¿Estará viva mi niña? ¿Por qué no pediste ver su cuerpo cuando la enfermera preguntó del análisis? ¿Por qué no la pediste para darle sepultura?