Por Samuel Gutiérrez.
En la época en la cual estábamos creciendo -década de los 50s-, vivíamos expuestos a muchos accidentes que eran causa de dolor para nosotros los chicos, y preocupación y esmero también a nuestros padres.
Muchos animalitos, cosas de metal, latas, acechaban nuestros tobillos y plantas de los pies, amén de la cabeza soportando golpes, ya fuera con piedras, o ángulos de algún corredor elevado, que los había y mucho. Nuestros enemigos eran el pejesapo, las hormigas mordelonas, los clavos herrumbrosos, las verrugas, las loras o llagas, causadas por quemaduras, picaduras de moscos y zancudos infecciosos. Los malditos mareos en los viajes, las hemorragias por heridas con latas filosas o cuchillos bien cortantes; los corredores elevados con ángulos al final, las piedras, y también, los fastidiosos orzuelos.
La erisipela en las piernas de nuestras madres era otro mal, que nos entristecía por ellas. Los remedios que usaban, rayaban entre la magia y la ciencia pura, pues algunos de aquellos, aún desconocidos, serían creados después por las farmacéuticas. Veamos.
Al volver de Islalba en canoa y dejarnos coger de la bajamar, aparecía un sitio llamado el bajito, playa de arena y barro que estaba oculta por la marea alta. En ese fango, había vidrios, picos de botella, latas enterradas, y lo peor, el pejesapo con su púa en el lomo. Pisábamos al animalito. ¡Madre de Dios, que dolor! Ese chuzón era como un corrientazo de electricidad. Para el chuzón y la postura de sus huevos en las plantas de nuestros pies, los remedios eran variados y al cual más traídos de los cabellos, pero funcionaban.
Al creer en ellos actuaban, porque la fe es así, y vale. Procedían a regar alrededor del chuzón un tantico de pólvora, le acercaban un fosforo prendido, y esa acción, revertía en una pequeña, pequeñísima, explosión de una bomba atómica. Santo remedio, los huevitos del pez puestos allí, morían, y para evitar la infección y cauterizar, calentaban un cuchillo o una macheta y al rojo vivo la aplicaban en la herida. Bárbaro pero efectivo. Y nosotros asustados pensando que quedaríamos mochos.
Para el ardor como de candela viva, de la mordedura de las hormigas, cachonas, congas, arrieras de esas grandotas y rojas, usaban otro remedio muy particular, la orina, y la ciencia ahora dirá que los ingredientes que tiene gozan de propiedades sanadoras y paliativas. Tanto que ahora hasta se la toman. Se orinaban en la picadura y el ardor desaparecía. ¿Fe, otra vez? Un indígena waunana en el Chocó, le aplicó a mi padre, dicha meada y listo, adiós dolor.
Usaban para los chuzones con clavos herrumbrosos o latas oxidadas, además de la cauterización con cuchillos calientes, la brea o lacre derretido, -ese de sellar cartas en la época de los reyes-. Hacían un amasijo, agregándole además sal y moho de queso (penicilina, sin saberlo), al que llamaban, emplasto o pringue, que aplicado en la herida y cubierto con una venda, ayudaba a evitar infecciones. Mas la consabida cantaleta que era parte importante de la curación: “Aguante mijo, y chupe carajo, quien lo manda a no hacer caso y andar por ahí brincando y descalzo, para peor por todos lados y sin ver donde pisa”.
Esa vaina del pringue, quemaba como un putas; con gritos y alaridos, nos soltábamos de las férreas manos del padre y salíamos a “llorar al atrio” como también decían ellos. Pero así usáramos tenis o “bauchas”, el clavo se traspasaba. Todo el misterio, lo supimos después, es lo que usa el cirujano en el quirófano. El electro cauterizador, que le permite quemar y cortar. Que diferencia de métodos para lo mismo. Cauterizar y evitar bacterias dañinas, pues la hay buenas para el organismo.
Las verrugas en brazos, cuello, manos, espalda, era algo que también nos hacía sufrir, sobre todo en nuestra vanidad, y uno de los métodos para eliminarlas, era hasta risible, pero cargado de buena voluntad, y algo de maldad: contarlas, meter la misma cantidad de maíz en una bolsita, salir por ahí, tirarlas por encima del hombro, sin mirar donde caían y el que, de curioso, abriera la bolsita, se le pasaban ¡Bah! El maíz que botábamos, hubiera servido para hacer arepas. A nadie se le pasaban. No funcionó la fe. Otro era, aplicar nitrato de plata, en la superficie afectada. Nada tampoco. Pero la que si resultaba efectiva era la de aplicar agua sangre, -esa que queda en el recipiente cuando trocean un pedazo de carne de res o cerdo-. Eliminadas con eso, de un día para otro. A mi madre le funcionó conmigo.
¿Por qué esa sustancia las elimina? Pregúntenle al Papa que en cuestiones de fe es infalible. Los “chundulos”, esa bolita, chichón o protuberancia que se forma en la cabeza por un golpe con objeto contundente. Simple, lo bajaban apretando una moneda sobre él. Que doloroso era eso para nosotros las víctimas.
Las loras o llagas abiertas se curaban aplicando en el hoyito, panela derretida, lo más caliente que aguantara el paciente. Decían que eso, cauterizaba, e iba formando “carnita” y piel. Para detener hemorragias por cortes con cosas filudas, aplicaban abundante café molido.
Los mareos, al viajar por esas carreteras sinuosas o en barcos, si no se tomaba el Mareol por olvido, nos ponían hojas de periódico entre la camisa y el estómago.
Los orzuelos, se sanaban aplicando la propia saliva inmediatamente al despertar. Efectivo. Doy fe de ello.
Por último, para la erisipela o flebitis de los mayores, el remedio que usaban era coger un sapo por sus cuatro patas y sobar la pierna enferma de arriba hacia abajo y viceversa. El animalito moría, seca su piel, y mamado de tanto subir y bajar sin su consentimiento. La ciencia después sabría que, esa leche que exudan los sapos, para defenderse de los animales que se los meten a la boca y los escupen enseguida por lo feo de su sabor, es realmente un antibiótico natural y poderoso en los humanos.
Nuestros padres con sus conocimientos ancestrales, mucha fe y esperanza, se adelantaban a veces a la ciencia. ¡Que sabiduría!