Por Jesús Alfredo Pabón Pérez.
Nota del autor:
La historia de “La despellejada” está inspirada en recuerdos de mi infancia, donde una casa en ruinas, rodeada por los que alguna vez fueron unos árboles altos y frondosos, de cuya espléndida época solo quedaron los troncos secos, hacían parte de la antigua Hacienda El Cedro.
La casa tenía un aire de misterio y terror. Nos parecía una casa miedosa donde no nos atrevíamos a entrar, razón por la cual el Sr. Alcázar, quien fue nuestro chofer en esos días, aprovechaba la ocasión para inventar historias de espantos y eventos inexplicables que siempre estaba dispuesto a contarlas a quien quisiera escucharlas. En esa misma casa en ruinas, es donde hoy funciona el Museo Santander, en la calle 150 con carrera séptima en la ciudad de Bogotá. Ahora sí, que empiece la historia.
Un fin de semana cualquiera de 1965, la familia González se dirigía a su finca de recreo, llamada “La Peor es Nada”, en el municipio de Sopó.

Salieron de Bogotá, en su flamante y elegante Opel Kapitan, modelo 1964, tomando la carrera Séptima al norte, hasta conectar con una angosta vía, que ofrecía una pintoresca vista de los cerros orientales bogotanos.
En su recorrido, pasan sin mayores tropiezos por el encopetado pueblo de Usaquén, el cual, tarde o temprano será absorbido por la pujante y hermosa ciudad de Bogotá. El auto lo conducía el chofer de la familia, el Sr. Alcázar, a quien con cariño le decíamos León, por su cabello blanco y largo pelo. León era un simpático y bonachón caballero de unos 63 años de edad muy querido por todos.

León se encuentra preocupado, porque en los últimos 2 meses y en el mismo sitio del camino, el automóvil empieza a fallar produciendo un fuerte ruido sin razón alguna. Y su presentimiento se convirtió en realidad al escuchar de nuevo el desdichado estruendo, teniéndose que orillar para examinar el automóvil.
La familia se baja a estirar las piernas, mientras le dan espacio y tiempo a León para averiguar, una vez más, por qué se detuvo el carro. Los niños, Ana y Jaime de 8 y 10 años, salen corriendo a explorar las verdes montañas.
Se percibía en el ambiente un olor extraño y nauseabundo que les erizaba la piel, pero más pudo la gran sorpresa de encontrar un pequeño grupo de árboles secos, así que, los niños con picardía y emoción empiezan a trepar por ellos; sus padres, Pedro y María de 45 y 40 años respectivamente, se encaminan hacia donde ellos estaban. Notaron un extraño silencio en el ambiente que los perturbó un poco.
María, al ver a sus hijos trepar como micos, en aquellos tenebrosos y secos árboles, con un grito interrumpe la diversión de sus hijos:
—¡Niños no suban tan alto!, ¡se van a caer!, ¡se bajan, ya!, ¡Oh esta noche no habrá postre!
—Ya empezó mi mamá — Comentaron Ana y Jaime
Y antes de comenzar a pelear con ella, el aire se llena de una música que los hace sonreír; desde lo alto de su vertiginosa aventura, observan en un recodo del camino, un desvencijado carro de helados, ubicado al lado opuesto de donde quedó León arreglando el Opel.
Los niños bajan presurosos del árbol, brincando y saltando, al ritmo de la pegajosa melodía, «ding dan dong don dindang», llegan en segundos, hasta donde se encontraba su padre, gritando:

—¡helados, helados, helados!
Y halándolo de la mano, corren en dirección del carro de helados. Pedro, camina sin apuros, ante la impaciencia de sus hijos.
Con el helado en sus manos, los niños siguen corriendo felices. Unos minutos después, llegan a la cima de una pequeña colina y divisan una casa abandonada, que Jaime, enseguida la bautiza como “la casa de los espantos”. María y Pedro llegan al lado de sus hijos e igualmente quedan sorprendidos, por lo que alguna vez pudo haber sido una hermosa y campestre casa. Mirándose a los ojos, Pedro le susurró a María:
—¡Los mejores años de esta casa ya pasaron! y los cuatro se encaminan hacia ella. El helado que lleva Pedro para su estimado León, empieza a derretirse.

Una vez arreglado el carro, el Sr. Alcázar se reúne con la familia en la puerta de la misteriosa casa, allí recibe con gusto el derretido helado que le han guardado, atinando a decir:
—¡De dónde salió esta delicia de helado! — Pero como todos están distraídos con la casa, no obtiene respuesta.
Cuando León observa la casa, le llega el recuerdo del sangriento caso de la mujer despellejada, caso muy comentado y publicado en los periódicos hace ya varios años.
Ante esta circunstancia, retira unos metros a Pedro para contarle la historia:
—Un vecino del lugar, que pasaba por allí, le llamó la atención el mal olor que provenía de la casa, ingresó por una ventana, buscando la causa de ese nauseabundo olor. Buscó por varios espacios y después de recorrer algunos cuartos y entrar al comedor se llevó el gran susto de su vida, al encontrar los restos de una mujer amarrados sobre la mesa, se estremeció y maldijo para sus adentros, al ver cómo le habían arrancado, a la pobre chica, la piel desde la cintura hasta el cuello, dejando al descubierto todos sus músculos…
—El vecino, una vez repuesto de la horripilante escena —Continuo León la historia —fue hasta la estación de policía de Usaquén a informar lo sucedido. Allí con asombro, el sargento de turno tomó su declaración y después de visitar la escena del crimen, dio la orden de capturar al esposo de la víctima, Mario Larota. Tras una larga investigación y después de ser sometido a un intenso interrogatorio durante varias semanas; sus respuestas siempre fueron congruentes y según él y su abogado, deberían exonerarlo. Su abogado con vehemencia, exigía su libertad por falta de pruebas y el juez por lo atroz del crimen, la negaba. Aburrido de esta situación y maldiciendo por no lograr su libertad, optó por escaparse cuando los policías encargados de su custodia se descuidaron y con la ayuda de una persona no identificada, logró salir por una ventana esfumándose del lugar sin dejar rastro y jamás se volvió a saber de él. La policía le dedicó mucho tiempo al caso, pero al no lograr avanzar en la investigación, decidió clasificar el expediente como caso no resuelto”. Pedro quedó perplejo ante semejante relato.
El clima se tornó variable. Del abrigado sol que colgaba de un cielo azul celeste, cambió a un oscuro atardecer, que estremeció a los paseantes. Al llegar a la puerta de madera tallada, Pedro golpeó para ver si alguien vivía allí; pero nadie contestó a su llamado. La curiosidad de Pedro pudo más que su discreción, entró sin pedir permiso y los demás lo siguieron con una sensación de mareo y sueño. Pedro, sin saber lo que pasaba, al ver que María, Ana y Jaime yacían inconscientes en el piso, trató de reaccionar, pero no pudo. Con la mirada buscó a su fiel chofer, pero no lo encontró y cayó sin sentido al lado de su familia; con el instinto de padre, solo atinó a abrazar a sus hijos caídos, como un gesto protector.
La casa se llenó de un aire de muerte, una sonrisa socarrona se escuchó por toda la estancia y la música de fondo se oía cada vez más fuerte: «ding dan dong don din dang»… Sí, ¡la misma música del carro de los helados! De las sombras salió un extraño personaje de mirada siniestra y con cuchillo en mano, miró a los cuatro indefensos cuerpos caídos. Al notar que se movían como tratando de reaccionar, les inyectó una dosis más del tranquilizante, igual al que minutos antes había rociado a los helados. Amarró con firmeza a Pedro y a María la ató a la mesa del comedor; siempre murmurando una y otra vez, ¡Juana otra vez estás conmigo! ¡Ja, ja, ja…!
Este ser, al no tener quien se interponga en su macabro plan, se movía confiado y con toda libertad por la casa, llevando diferentes tipos de cuchillos. Pero de repente se detuvo a los pies de los niños y dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Los alzó en vilo y los sacó de la casa para llevarlos al carro donde pudieran dormir tranquilos, ajenos al peligro que estaban corriendo sus padres. El cuerpo semiconsciente de Pedro se agitaba por puro instinto de supervivencia y fue inyectado por segunda vez, quedando una vez más inconsciente. Aquella silueta iba de un lado a otro de la casa, riendo y dejando junto a María sus diabólicos utensilios, siempre repitiendo obsesivamente en voz baja ¡Juana otra vez estás conmigo! ¡jajaja! Se paró frente a su indefensa cautiva y le dio un fuerte beso en la frente, que la hizo sacudir con terror, instintivamente abrió los ojos y lo primero que vio, fue un candelabro que se mecía como un gran péndulo sobre su cabeza. Trató de gritar, pero una cinta en su boca le impidió emitir sonido alguno; el extraño volvió a reír, mirando a la vulnerable mujer y levantando el cuchillo, repitió en voz baja ¡Juana otra vez estás conmigo! ¡Ja, ja, ja! Los ojos de María querían salir de sus órbitas, no entendía lo que sucedía, sólo observaba como un gran cuchillo se eleva y cae en dirección a ella y se clava en la mesa a pocos milímetros de su cuello, dejando un leve hilo de sangre producto del primer corte en su piel. Una voz de ultratumba resonaba por toda la casa, mientras un fuerte grito decía: ¡Juana otra vez estás conmigo! ¡Ja, ja, ja! ¡Hoy si me dirás, por qué quisiste matarme! María emitió un gemido y se desmayó ante el dantesco espectáculo que estaba viviendo.
Cuando despertó, sintió como esa presencia se le acercaba y le dijo al oído, ¡dime por qué quisiste matarme o te arrancaré la piel centímetro a centímetro! Se acercó a ella y con el cuchillo rasgó su blusa blanca, dejando al descubierto su torso y sus grandes y redondos pechos, que se agitaban al tratar de romper sus ataduras. Se volvió a escuchar: ¡por qué quisiste matarme! Y una vez más, levantó por lo alto el cuchillo. Aterrorizada María, tan sólo esperó sentir como, ese inmenso cuchillo rasgaría sus carnes. En vez de eso y para su sorpresa, sintió como el cuchillo caía fuera de la mesa y su anfitrión caía al piso al recibir un fuerte golpe. La estancia se llenó de un gran silencio, roto únicamente por el llanto de María. Al momento siente que alguien libera su cuerpo y escucha emocionada al Sr. Alcázar que la alienta a sobreponerse. Ella, llorando se abraza a su salvador y grita: “mis hijos” y sale a buscarlos en loca carrera. El Sr. Alcázar se voltea buscando el cuerpo del causante de estos tormentos, quien debería estar tirado en el piso, después de recibir el fuerte golpe que le acababa de dar. Para su sorpresa ya había huido del lugar. León, con cuchillo en mano, libera a Pedro y se reúnen con María y sus hijos fuera de la casa.
Estando todos a salvo, discuten que hacer después de lo sucedido y lo más lógico es informar a las autoridades de Usaquén y con el Opel ya funcionando, se dirigen a la estación de policía.
El comandante de la Estación, Sargento Medina, fue el encargado de recibir la denuncia de la familia González. Con base en ella, elaboró una teoría del caso y como primer sospechoso, dictó orden de captura para el Sr. Alcázar, más conocido como León. Así, se lo explicó a Pedro González, teniendo en cuenta que era el único que no tenía una coartada sólida, sino que apareció de la nada para salvar a María. Pedro lo escuchó y dijo: “esperen, tiene que haber una explicación lógica, dejen que hable”.
Confiado por el apoyo de su patrón, León comentó, “cuando vi que todos caíamos al piso, gateando me oculte tras las cortinas, observando los movimientos del extraño hombre, quien tenía una tenebrosa y perdida mirada.
De igual manera, le alcancé a ver, lo que parecía una cicatriz que le cruzaba la cara dándole un aspecto malévolo. En ese momento no pude hacer nada y me desmayé; al despertar más tarde, con mirada borrosa, vi, que salía de la casa, cargando a los niños, no pude moverme por lo aturdido que estaba, así que esperé una mejor oportunidad para salir. Oportunidad que él me dio y actué. Eso es todo”, Pedro aclara: “tiene mucho sentido; León no fue al carro de helados y a él se le cayó al piso más de medio helado por lo derretido que estaba, por eso el efecto del tranquilizante fue mucho menor en él y este criminal, no podía saber que éramos cinco y no cuatro como él lo supuso, ya que jamás vio a León”.
La policía con el Sargento Medina al mando, recorrieron con Pedro, León y otros agentes la casa abandonada, no encontraron nada útil para la investigación, salvo el carro de helados, que estaba torpemente oculto en el patio trasero. El Sargento Medina, autorizó a la familia González, para regresar a Bogotá.
Mientras el grupo de investigadores volvía a revisar todas evidencias que tenían, uno de los agentes vio una foto y exclamó:
—¡En esta foto el Señor Larota no tiene cicatrices en la cara, pero en esta otra donde aparece Tinjacá, él sí la tiene!
—Para dar por terminado el caso —concluye el sargento Medina
—Vamos por este astuto criminal a su casa, preparen la orden de captura, vamos.
Llegaron a la casa de Tinjacá, encontrando todo revuelto. En el huerto de la casa, en el suelo a medio excavar, se veía un cadáver momificado que parecía ser Mario Larota. El nuevo sospechoso había huido, dejando toda clase de evidencias que daban a entender que Tinjacá había ayudado a escapar a Larota para luego asesinarlo y con su desaparición, el culpable lógico sería Larota. Con esta nueva evidencia, Leonardo Tinjacá fue declarado como el primer sospechoso de ser el autor del macabro crimen de la esposa de Mario Larota y el posterior secuestro de la familia González.
Faltaba un poco más de una hora para ser media noche. Después de abandonar la escena del crimen, los cinco viajeros, regresaban a su casa en Bogotá. Avanzando lentamente en la lluviosa y oscura noche. Al pasar por un estrecho puente, conocido como “Puente del Común”, la emisora local, daba la hora a sus oyentes:
—¡Son las 12 de la noche! —¡Se escuchó en el interior del Opel!
—¡Son las 12 de la noche! —Dijo Jaime en voz alta.
—¡La hora de los fantasmas! —Volvió a decir—
Quiso reír, pero a todos se les erizó la piel, cuando creyeron escuchar una fastidiosa música: «ding dan dong don din dang» y un susurro que parecía decir:
—¡Pronto estarás conmigo Juana y esta vez sí me dirás por qué quisiste matarme! ¡Ja, ja, ja!
Al otro día, los periódicos matutinos publicaban la macabra noticia, diciendo que, según informes del Sargento Medina de la estación de policía de Usaquén, se había aclarado el crimen de la “mujer sin piel”, asesinada en su casa, a comienzos de los años 60. Adicionalmente, aclaraban que el asesino no era el marido, como todos suponían, sino su vecino, Leonardo Tinjacá. Igualmente informaron del intento de asesinato de una nueva mujer con el mismo modus operandi, pero por intervención divina y la astucia de uno de los miembros de la familia, el criminal no logró completar su atroz acto, huyendo sin dejar huellas. Se encuentra prófugo de la justicia.
Un vocero de la policía, sólo atinó a decir:
—Reabriremos el caso y esta vez, sí atraparemos a este perverso criminal para que cumpla su larga sentencia.
La familia González, asombrada con la noticia, no se dejó intimidar por lo sucedido y semanalmente continuó viajando a su finca de recreo en Sopó.
Con el tiempo, unos olvidaron la historia y otros dicen que al pasar a media noche sobre el Puente del Común, oyen muy claramente una voz que dice: ¡Pronto estarás conmigo Juana y esta vez sí me dirás por qué quisiste matarme! ¡Ja, ja, ja!
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