
Luz Marina Correa Aguilera.
Hoy regreso con el pensamiento a uno de los lugares donde fui plenamente feliz. No sé cómo ni cuándo llegamos; solo recuerdo que allí cabíamos todos: mis padres, sus cinco hijos, mi tía Saturia —medio hermana de mi papá— y mi tío Uriel, hermano de mi madre. A veces, como un soplo de tiempo antiguo, alguna de las abuelas nos visitaba.
Era el barrio Santander, al sur de Bogotá: un territorio pujante, curtido por el olor del cuero y la vida de las tenerías. Estaba rodeado como por un mapa íntimo: al oriente, El Restrepo, con su incesante latido de zapaterías y el parque Olaya, ícono del fútbol barrial; al sur, San Jorge, donde el silencio del cementerio Matatigres guardaba secretos; al occidente, el SENA de la Primera de Mayo, firme y emblemático; y al norte, La Fragüita, con su ruido metálico de repuestos y motores.
Pero lo verdaderamente nuevo era la casa. Una casa inmensa, situada en mitad de la cuadra, con un local amplio donde nació la tienda de María Antonia: mesas y sillas rojas, mostradores de madera, estantes de metal y hasta un orinal para hombres. Hacia adentro se abría un mundo: nueve habitaciones, tres baños, una cocina desmesurada y, como corazón abierto, un patio con alberca y lavadero. Ese primer día corrimos sin medida, como si la casa no tuviera fin. Al fondo, tres canchas de tejo coronaban el asombro. Tener canchas de tejo en casa… en nuestra imaginación infantil, aquello era la riqueza absoluta.
Poco a poco, el espacio se fue ordenando: una alcoba para mis padres, otra para las tres hijas, otra para los hijos con el tío —la pieza de varones—, una más para mi tía y una cama dispuesta para la abuela que llegara. No había sala ni comedor; la vida se reunía en la cocina, alrededor de una mesa acogedora donde se compartía lo necesario y lo ocasional.
El resto de habitaciones encontró su destino: bodega para el mercado y la cerveza; cuarto para Teresa —la mujer que nos cocinaba, cuidaba y regañaba con igual entrega—; y otras arrendadas a quienes llegaban solos, sin hijos, como si la casa ya hubiera alcanzado su límite de infancia.
No teníamos televisión. No hacía falta. El patio era el universo: árboles, jardines, piletas, bancas de ladrillo. Bajo un techo de zinc aparecieron una mesa de billar y dos más pequeñas para ajedrez, cartas y dominó. Allí todo sucedía. Carreras en triciclo, partidos de fútbol, juegos de escondidas; nosotras, coronándonos en reinados improvisados. Mi madre, con su intuición certera, bautizó la tienda como «Patio Bonito». Y el nombre, como un presagio, se cumplió.
Los fines de semana desbordaban la casa. El tejo retumbaba, las bolas de billar chocaban, la música crecía hasta adueñarse del aire. Mi padre instaló parlantes que hacían vibrar el patio; mi tía inventó la fritanga de sábado y domingo, y el lugar se llenó de voces, risas y excesos.
Desde la ventana de la habitación de mis padres, nosotros —los cinco— mirábamos el mundo: los que llegaban, los que se escondían, las peleas que mi tío disolvía con carácter, las canciones que luego repetíamos a gritos, como si también nos pertenecieran.
Conocíamos a todos: los que pagaban, los que fiaban, los que dejaban el reloj en prenda, los «goteras» que no gastaban, pero siempre encontraban quien los invitara. Cada quien tenía su reino: el tío, las canchas de tejo; mi padre, el billar; mi tía, la comida y las rifas que vendía en un instante; y mi madre, la tienda. Ella lo sabía todo: quién entraba, con quién, qué pedía. Llevaba las cuentas como quien sostiene el pulso de la casa. Era, sin duda, una maga.
Y nosotros, fieles a la ventana, aprendíamos el mundo. Mis hermanas mayores traducían los secretos en historias; nosotros escuchábamos. A veces, la dicha era simple: un vecino generoso nos regalaba gaseosa y papas fritas; luego otro, y otro… hasta que el exceso nos vencía en la noche con un dolor de estómago que Teresa guardaba en silencio, cómplice y severa.
Con el tiempo llegaron artistas: cantantes, magos, bailarinas. Patio Bonito dejó de ser solo una casa y se volvió un escenario. Allí se celebraban fiestas, torneos de tejo con gallina incluida, encuentros que hacían del lugar un pequeño universo. No necesitábamos salir: todo estaba allí. Nos decían niños millonarios. Quizá lo éramos, sin saberlo.
Hasta que un día llegó la carta. El IDU convocaba a los propietarios. En el patio —nuestro patio— unos hombres desplegaron mapas y hablaron de progreso, de una avenida que debía atravesarlo todo. Primera de mayo, la llamaban. Las casas caerían. No eran casas, dijeron: eran lotes.
Recuerdo el silencio de esa tarde. La tienda cerrada. La puerta que tardó en abrir. Y la frase que partió la infancia:
—María Antonia está muy enferma; le van a quitar la casa.
La tristeza se instaló sin explicaciones. Mi madre anunció que, al terminar el año, nos iríamos.
Y así fue: con el tiempo, los vecinos y nosotros partimos; las casas se derrumbaron junto con las historias.
Nos mudamos. Otra casa, más pequeña, más silenciosa. Sin tíos, sin abuelas: solo nosotros siete, aprendiendo a ser familia de otra manera. Habíamos crecido juntos, pero apenas empezábamos a conocernos. Tres habitaciones, sala, comedor, cocina, un solo baño y un patio diminuto. A mis diez años, aquello también fue una forma de riqueza: un lugar en la mesa, un sillón café esperándome cada tarde después de la escuela.
Decían que era un barrio mejor. Pero yo supe, desde entonces, que Patio Bonito sería siempre el regreso más anhelado.
Hoy, cuando paso por sus calles, me detengo. Intento ubicar la casa entre el cemento, el tráfico, el ruido y los talleres. Ya no está. Y, sin embargo, permanece: intacta en la memoria, donde aún corre la niña que fui, dueña de un mundo que parecía no tener fin.