EL TROMPO Y MIS RECUERDOS.

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Ofelia Arévalo Ariza.

Mi amiga Melba y yo mirábamos la calle de tierra, muy seca, a veces barrida por los ventarrones de un fuerte verano. Allí estaban nuestros hermanos Álvaro y Reinaldo, a quien todos llamaban “Rey”, con otros amigos del barrio. Un barrio que apenas iniciaba, con pocas casas de bahareque, algunas apenas esterilladas o enchinadas, como decíamos nosotros, y techos de teja de barro, donde todos éramos amigos.

En las mañanas, el grupo se encontraba en la única calle que daba salida hacia la escuela pública Alfonso López, donde estudiaban. Los domingos en la tarde se reunían para jugar a “guerra libertadores”, bolas al pipo y cuarta, elevar cometas o jugar trompo. El grupo era, creo recordar, de unos ocho muchachos.

Los más cercanos eran Álvaro y Rey porque vivíamos en casas contiguas. Eran los únicos hombres con dos hermanas y que, además, tenían deberes cuando llegaban de la escuela: uno, ir a ayudar a su papá, don Chepe Ramírez, a traer la herramienta de las casas que estaba construyendo; y Rey, mi hermano, a sacar agua de la bomba o aljibe y llenar las canecas para el uso diario de la casa, porque aún no llegaba el acueducto.

Pero lo más importante para él era ir a ayudarle a don Luis, el ebanista de la otra cuadra, a limpiar su taller dos veces por semana, porque el sábado en la tarde le regalaba todo el “ripiero” de madera sobrante y podía venderlo como leña en la finca que quedaba al otro lado del terraplén donde jugaban fútbol. El dinero lo compartía con mi mamá y le permitía, a veces, ir a cine o tener trompos; no porque gastara mucho dinero en ellos, sino porque se comprometió con don Luis a ayudarle a acarrear la madera a cambio del suministro de trompos.

Este negocio no parecía ser muy bueno, porque los trompos no eran finos, según decía Rey, y porque, además, don Luis siempre le rezongaba:

—¿Cómo así que ya se quedó sin trompo otra vez? No, mijo, no se meta, si siempre termina como trompo puchador. Aprenda a jugar, porque yo no puedo estar pendejiando, haciéndole trompos a cada rato. ¿Sabe qué?… Yo creo que lo que necesita es uno de guayabo.

La situación no parecía fácil de arreglar y Rey llegaba con cara larga porque, otra vez, Álvaro o cualquier otro le había partido el trompo. Era mucho más duro cuando el ganador era Álvaro, porque, aunque iguales físicamente, en sus permanentes retos al trompo era el eterno vencedor. Entonces decía, rojo de la furia:

—No es que sea mal jugador. Lo que pasa es que los trompos que me hace don Luis no son de buena madera.

El caso es que un día, como actividad de la escuela, fueron a Hojas Anchas, una quebrada que corría muy cerca de nuestro barrio. A su regreso, nos quedamos asombradas y mi mamá puso cara de pocos amigos cuando Rey llegó con una gruesa rama de guayabo.

—¿Y eso? —preguntó mamá.

Él dudó en contestar, pero dijo, resuelto:

—Para que don Luis me enseñe a hacer, o me haga, un trompo que no se parta cuando esté jugando.

Y fue así como ya no solo ayudó a apilar madera y hacer limpieza en el taller, sino que inició distintas labores, como el manejo del torno y otras herramientas. Además, en el patio de la casa jugaba y jugaba, y yo era la encargada de medir, con un trozo de piola, qué tan lejos o cerca quedaba el trompo del lugar que él ponía como punto de impacto. La recompensa era recibir en mi mano el trompo “girando dormidito”; eso sí, también tuve que aprender a volver a pasárselo para que lo pusiera de nuevo en el suelo sin que “cabeciara”.

No estoy segura de cuántos días o semanas pasaron hasta que pudo llevar la rama al taller, pero sí tengo claro el día en que se apareció ante el grupo donde iban a jugar, con un par de trompos relucientes, desafiando a todo el mundo. Unos trompos que, además, eran hasta peligrosos porque la punta —me contó como secreto inviolable— la había hecho de no sé qué pedazo de metal del taller de metalistería de la esquina, el de don Liserio, donde también iba a ayudar con el objetivo de convertir sus trompos en algo nunca visto, imposibles de vencer.

Recuerdo que gritaban y casi peleaban por cualquier mínima diferencia en alguna medida, y así fueron saliendo uno a uno: Héctor, el de los Gil; Memo, el hijo de don Santiago; Bernardo, el de don Ángel; Alfonso; Arturo Rojas; el Mellizo, quien casi lloraba viendo su trompo inmisericordemente “quiñado” y partido a la mitad… Recogió los pedazos y se fue calle abajo.

—¡Mellizo! ¡Mellisooo! —gritaban los muchachos—. ¡No se vaya, que Álvaro nos va a vengar a todos!

Pero él ni siquiera los miró. Siguió el juego sin mejores resultados. Rey se cuadraba para cada lanzamiento y se oía el “¡Ayyy!” de resignación del grupo.

Y claro, cuando solo quedaron Álvaro y Rey, el primero dijo:

—¿Y si mejor apostamos mis dos mejores trompos?… Es que este me lo regaló de aguinaldo mi abuela Agripina…

En el grupo se hizo una silenciosa pausa. En la ventana, mi amiga y yo nos miramos… Yo hice un gesto de: “¡Ah, qué va! Esos son cuentos”, pero ella me miró y me dijo por señas que eso sí era cierto… y nos quedamos muy calladas mirándolos… No escuchamos ni sí ni no; supongo que se pusieron de acuerdo con una mirada o un gesto.

Álvaro… cambió el trompo y cerró los ojos hasta escuchar el golpe seco. Tomó los trozos y, resignadamente, puso su otro trompo…