Por Sergio Mendoza Echeverría.
Muchos hechos me convencieron de la esquizofrenia de Negra, una perrita que adopté después de una serie de sucesos. Su edad era incalculable, porque cuando uno veía su aspecto le resultaba difícil saber cuántos años podría tener. Creo que fueron quince y la calculadora de Purina dice que el equivalente en humanos es de ochenta y tres, edad a la cual me acerco de manera inexorable, a no ser que ocurra algo en el camino.
Llegó a mi casa debido a la manipulación de un hijo de un matrimonio anterior. Quise creer que la culpabilidad que sentía yo, podía ser atenuada aceptando el regalo envenenado que representaba este animalito chiquito, feo, pero supuestamente maltratada por el anterior dueño. Y en ese acto de humanidad que se debe enseñar a los hijos, acepté el regalo a sabiendas de que el cuidado de la perrita sería mío por siempre porque el hijo ya hizo su tarea de ciencias o de artes o de humanidades: “Yo, adopté una perrita que era maltratada por su dueño y la tengo en mi casa bajo mi cuidado” y se desentiende del asunto. Así que como dice la canción: “A fuerza de mirarte cada día...” empecé a encariñarme con el animalito. El nombre con el que quería que se llamara quien me la regaló era Nirvana, pero lo cambié por algo que ella entendiera, porque sé que los perros recuerdan mejor los bisílabos: Negra, y también porque ni el veterinario entendía cómo se le podría llamar a esa cosa por el nombre del grupo de Kurt Cobain o del estado máximo de la iluminación. Y Negra empezó a vivir en la casa. Nunca fue perro alfa, creo que no le importó mucho esa cosa de las jerarquías.
Ella es bastante independiente y cuando quiere se sale de la casa y va a dar vueltas. No sé si se quede en un bar de perros que hay a doscientos metros. El todo es que cuando regresa, viene con cara de satisfacción y la miro con cierta envidia, Carajo, ¡dónde estaría que viene así! Y pone su cara maliciosa cuando la regaño. Aprendí que se sale por debajo del portón de la casa. Se da sus mañas sobre cómo salir por debajo, ladea su cuerpo y patalea para buscar dónde se apoya y empujar su cuerpo hacia afuera. Luego regresa, supongo que de la misma forma: cumplida a su hora de comida.
Pero volvamos a la esquizofrenia, estoy seguro de que ella, oye voces. Me pregunto qué será lo que le dicen o lo que entiende. Mientras estoy sentado afuera de la casa, sin mediar acción alguna, sale en cualquier dirección a ladrar y proteger su territorio, a protegerme. Y a las tres de la mañana hace lo mismo. Ladra siempre en el mismo tono y en el mismo ritmo: 3 veces, luego un silencio, dos ladridos y repite desde el principio, parece un cinco por ocho con acentos en la primera y en la cuarta. Las primeras veces que lo hizo salí y alumbré con la linterna mientras yo rogaba no ver una sombra oculta. Después de un tiempo, salgo a alumbrarle la cara a ella para que vuelva a acostarse. A veces lo hace, otras, se queda callada un rato y vuelve a empezar.
Desde hace un tiempo he observado su comportamiento cuando va hacia una parte de la quebrada que pasa cerca de la casa. Se queda ensimismada mientras ve el agua correr, siempre mira hacia el mismo lugar. La veo desde lejos, tomo la decisión de seguirla y de esta forma averiguar a qué le dedica tanta atención. Voy tras ella luego de la hora de almuerzo y me quedo a su lado. Miro la quebrada, miro la ladera al frente, miro las piedras grandes que ha traído alguna riada, no percibo nada. Debe haber cosas que suceden por la noche así que cuando ella empieza a ladrar a las tres de la mañana la acompaño y llego al mismo lugar que estuve en el día al lado de ella. Vuelvo a mirar la quebrada que se ilumina desde lejos por las luces de la casa y a la ladera y a las piedras, entonces percibo algo. Siento el ligero aroma del Caballero de la noche, aguzo todos mis sentidos, me quedo un tiempo sin respirar, pero nada sucede. Negra termina de ladrar y se devuelve a su cama. Yo sigo durante un rato viendo la oscuridad hasta cuando decido que es un acto loco estar allí a las tres de la mañana mirando un riachuelo que ni siquiera trae agua.
Creo que la cuestión deberá ser al revés: voy a salir hacia el sitio de la quebrada antes de las tres a quedarme agazapado detrás de un arbusto. Negra, muy puntual, sale y ladra. Yo sigo sin ver nada, pero huelo el jazmín. Nada ocurre. Ella regresa a su cama y yo también, muerto de frío. Voy a tratar de hacer mi ritual sin Negra. La llevo por unos días a una guardería con el objetivo de observar el fenómeno en solitario. Las dos primeras noches salgo al mismo punto de la quebrada, pero no ocurre nada. A la tercera siento una presencia en forma de viento y el olor de jazmines y algunas voces lejanas que se hacen más claras con el transcurrir del tiempo. Me escondo detrás de los arbustos y veo por algunos momentos un movimiento de hojas de los árboles. El viento las dirige hacia el sitio donde normalmente Negra sale a ladrar a esa hora y luego de unos segundos desaparece el fenómeno. Sigo el método científico y pruebo a diferentes horas, debo estar bien seguro. Por unos cuatro meses todas las noches voy a la quebrada y oigo las voces claras.
Solo algunas veces, porque ya se ha envejecido, Negra me acompaña, pero ya no la necesito ahí. Como ella ladra en su ritmo de cinco por ocho trato de imitarla y veo el que el comportamiento del viento se repite. Lo que creo que es una presencia no se inmuta porque sigue a través de las plantas ignorante de aquellos que la observan y desaparece junto con las voces.
Ya la Negra no está y mi corazón está muy triste. Vino a despedirse dos veces. La primera vez la ignoré y traté de dejar pasar mi presentimiento. La segunda, la consentí y le permití ir al sitio que dos días atrás ella había elegido para estar tranquila con su destino. No habrá otra como ella con su esquizofrenia.
De un tiempo para acá no me dejan ir a la quebrada. No me han permitido salir de la habitación donde me encuentro. Sin embargo, dentro de mi mente siguen ellas, las voces. Me susurran que el Caballero de la noche ha florecido, que su aroma se esparce por el aire, que el viento mueve la presencia en la quebrada y que requieren mi canto en cinco octavos. No sé cómo contarles lo que me pasa y que me siento encerrado, en mi mente solo alcanzo a recordar a Serrat:
“Y entonces, llegaron ellos.
Me sacaron a empujones de mi casa
y me encerraron entre estas cuatro paredes blancas,
donde vienen a verme mis amigos
de mes en mes…,
de dos en dos…,
y de seis a siete…”