
RECORDANDO MI CIUDAD.
Sandra Ximena Rubio Lobo.
Yo nací, crecí y he vivido en Bogotá la mayor parte de mi vida, y aunque éramos pequeños, nuestro espacio se limitaba al colegio y al barrio que nos veía crecer, aparte de una ocasional salida con algún motivo especial: un cumpleaños, un Día del Padre o de la Madre, donde el plan sería ida en familia a almorzar a una pescadería en el barrio Restrepo (muy famosas por su gusto, costo y cantidad), o bien al parque El Salitre o Nacional, con montada y mareada en las atracciones, las cuales muy pocas aún sobreviven, a la espera de que un valiente visitante ose montar en ellas a pesar de su “chirriante” y oxidado eje; o también, en contadas ocasiones, ida al Coliseo El Campin para vivir la magia del espectáculo circense, con su obligatorio remate en el desaparecido “palacio del colesterol”: unas carpas en sus inmediaciones que albergaban cada delicia en burbujeante aceite hirviendo (lo que yo creo esterilizaba todo), a la espera de ser consumidas sin ninguna culpa. Era un plan muy “chirriado”.
Soy testigo del inmenso cambio y crecimiento que ha tenido esta gigante mole de cemento y contaminación en todos los aspectos, tanto en su infraestructura como en sus tradiciones y hasta en los habitantes que la copan hoy en día. Por algo, hasta el tradicional acento, el léxico propio solo del “cachaco”, la cultura, las modas, la vestimenta, los modos y maneras recatados, tímidos o más bien “poco alborotado” carácter propio del “rolo” han ido quedando relegados al pasado; hasta su música. Es así que no es raro en un vecindario hoy escuchar una fiesta con vallenato “ventiao” hasta el amanecer. ¡Por eso podemos decir que definitivamente Bogotá termina siendo la casa de todos! No solo de toda Colombia, sino de ciudadanos extranjeros que, buscando oportunidades, terminan siendo muy bogotanos.
Recuerdo cuando salir a pasear en familia era todo un acontecimiento. Ir a Usaquén, a Chía o a algún municipio cercano implicaba planear con anterioridad el piquete a llevar, la cometa o la pelota de letras, madrugar lo más que se pudiese para tomar la flota con destino a un inolvidable paseo dominical, que en realidad abarcaba todo un día.
Desplazarse en un trolebús era una dicha: la sensación de ir colgando de las cuerdas de la luz, para descender en la avenida del trole y pasar a comer un inigualable y exquisito bizcocho en Metropol, y después caminar por la tradicional avenida Caracas, que, aunque sí se veía uno que otro personaje en condición de calle, aún era factible “chapinerear” un rato con algo de tranquilidad; no sin incluir en la caminata los churros de La Castellana, pollito asado de Distraco, un algodón de azúcar en el parque de Lourdes, de vez en cuando una entrada a comprar los uniformes o la pinta de cumpleaños o Navidad en almacenes Only (que garantizaba duración eterna), terminando con kumis y, cuando se podía, milhoja en Cyrano.
Aparte de las construcciones, donde las casas de muchos cuartos, pasillos y jardines dieron paso a gigantes de ladrillo y concreto, fueron los medios de transporte los que han mostrado grandes cambios: pasar de montar en bus amarillo, repleto de gente y a la velocidad de la avenida taponada por buses, carros y hasta zorras, colgando de la puerta, cuidando las pertenencias —principalmente el reloj, que era rapado con tremenda habilidad por el “raponero” o “caco”—, tratando de hacerle llegar el pago al conductor y esperando el vuelto, acompañado del grito “¡córranse, que atrás está vacío!”; “¡pare!” o “¡oiga, me va a llevar a su casa?”, odisea diaria que en realidad era adrenalina pura, pasar al bus verde, a la buseta ejecutiva, para llegar hoy al TransMilenio. Con tantas anécdotas vividas, para mí, y desde mi opinión muy personal, es el mejor medio de transporte que se ha implementado en Bogotá.
El crecimiento acelerado y vertiginoso que tuvo Bogotá ha llevado también a que aquellos que ya vamos avanzando en edad queramos ver otros destinos en la búsqueda de tranquilidad; pero cada vez que se tenga oportunidad, darse una voladita a tomar onces de tamal con chocolate en La Florida o en La Puerta Falsa, y de paso una subidita a Monserrate o una caminadita por El Chorro de Quevedo, con vasito de chicha incluido y una ojeadita por el mercado de las pulgas y compra de libro ligeramente usado por solo diez mil.
Bogotá nunca ha sido tranquila ni sosegada, pero eso sí, no podemos dejar atrás tantos recuerdos y memorias que ha dejado en nuestro recorrido. Sería muy extenso traer en este escrito todos los cambios de los que hemos sido testigos, pero sí quiero incluir un pequeño escrito que había elaborado en alguna ocasión, en memoria de un sitio icónico de Bogotá y que, indudablemente, dejó una huella más en mi historia y en muchas otras.
Al Hospital San Juan de Dios, y a su vez al complejo hospitalario San Juan de Dios, semillero de profesionales no solo de las áreas de la salud, sino también de las ciencias sociales y de muchas áreas de la Universidad Nacional de Colombia.
EL GIGANTE QUE DUERME
Fue en el año 1986 cuando ingresé a la Facultad de Odontología de la Universidad Nacional. Dentro de la semana de inducción se realizó la visita para conocer el complejo hospitalario San Juan de Dios (HSJD) y su pabellón San Eduardo, propio de la facultad. La emoción que sentía al entrar a ese inmenso sitio, en plena carrera 10, que siempre para mí era un misterioso lugar, era indescriptible. Se concibe mi reto: avanzar rápidamente en mi carrera para que llegase el momento de iniciar rotaciones en este lugar… y llegó ese momento.
Varias asignaturas debían tomarse en el pabellón San Eduardo del HSJD.
¡Llegar por fin a mi último semestre de carrera y elegir mi rotación hospitalaria en el HSJD creo que fue el hecho que definitivamente marcó mi paso por la Universidad Nacional! Poder estar en las entrañas del sitio que concentraba la ciencia, academia, conocimiento, experiencia y toda una vivencia no solo de los estudiantes del área de la salud, sino de toda una comunidad universitaria: ciencias sociales, del derecho, estadísticas y muchas más.
Me concentraré en mi experiencia vivida a nivel de la clínica 3 y del departamento de trauma. Corría el año 1992-1993, quizá una de las décadas de mayor violencia vivida en nuestro país; esa época donde tú sabías a qué hora salías de tu casa, pero no si regresarías. Fue en los turnos en el enigmático y, a su vez, tétrico HSJD donde pude reconocer que la maldad del ser humano no tiene límites, pero que la bondad, la caridad, el compromiso y la entrega, mucho menos.
Fueron noches enteras marcadas por tal violencia, sumado a esto la fiebre que despertaban los partidos de fútbol bañados en alcohol, lo desaforado del pueblo buscando escapar del temor, muchos hechos de sicariato, carros bomba… mucha, mucha violencia. Era ver cómo, desde el portero hasta estudiantes de todas las áreas de la salud, internos, médicos especialistas y docentes, enfocábamos cada turno a salvar vidas, independientemente de si fuese víctima o victimario; así tocara trabajar con los insumos que hubiera, así fuera con las uñas, el único objetivo era salvar.
Hubo noches de terror donde la violencia se desataba en las mismas salas de trauma, donde solo quedaba agacharse y rezar por “sálvese quien pueda”. Hubo noches eternas donde no paraba de llegar gente: desde la herida más bizarra (un hacha clavada en un cráneo y su masa expuesta) hasta un dedo colgando y sostenido únicamente por un anillo. Vi muchos NN fallecer, no solo por violencia, sino por diversas fatalidades de la vida. Hubo necesidad de llamar familiares para darles noticias; tuvimos que apoyar muchas veces. ¿Que cómo odontología podía ayudar desde su conocimiento? Mucho. ¡Todos, absolutamente todos quienes rotábamos en cada turno, éramos indispensables!
Pero también hubo noches de mucha quietud y paz. Daban miedo esas noches donde, en medio de historias de terror, de anécdotas, al calor de arequipe Alpina y Coca-Cola, o con el miedo de que algún “fantasma” apareciera en el momento de tomar el ascensor hacia la cafetería o dentro del mismo ascensor… y así esperábamos la claridad del día, pasando nuestro respectivo informe para entregar el turno al estudiante en fila y luego continuar con la cátedra diurna en el pabellón, en la clínica 3 de atención a pacientes terminales VIH y diversas ETS fatales, donde pasábamos a ser un tris de esperanza en aquellos para quienes sus llagas en la boca y sus problemas orales eran una especie de castigo. Nunca vi tanta gratitud en un ser humano cuando lograbas paliar su dolor.
Terminé mi rotación y mi carrera en el año 1993, y podría decir que hasta ese momento fue la mejor época de mi vida, donde yo sabía que lo aprendido y lo vivido en el San Juan sería mi bastión. Duré muchas noches teniendo sueños y pesadillas con el tenebroso pasillo a urgencias. Conocí el dolor de la humanidad, pero también lo feliz y agradecido que alguien podría llegar a ser.
Es por eso que, un par de años después, lloré, lloré muchísimo cuando, desde una pantalla de TV, vi la nefasta noticia de que se cerraba definitivamente el HSJD. ¡Por Dios! Pensé: qué injusticia con la humanidad, con la ciencia, con la cátedra, con el deseo de cada estudiante de aprender, con mi amada Universidad Nacional y con mi país. El HSJD atendía pacientes de todos los rincones del país: desde el paciente al que lo mordió una serpiente, el electrocutado, el paciente infectado en la selva… ¡a todos!
Han pasado más de 30 años y el HSJD sigue ahí, como un gigante dormido, albergando historias y misterios, esperando a ver si nuevamente alguien puede entender cómo una joya no se valora y cómo extrañamos solo cuando perdemos. Las casetas de ventas de empanadas y bombombunes y otras delicias que lo rodeaban ya no están; el niño que despectivamente llamábamos “gamincito”, pero que te esperaba a diario para, a cambio de unas monedas o un pan, acompañarte cual guardaespaldas a tomar el bus, ya no está.