Por Aura Stella Pinzón.
Mi nombre es Antonia Cervantes. Mi padre fue un modesto pastor. Él y mi madre murieron de fiebre amarilla cuando yo aún era un bebé. Fui dejada sola en el mundo, sin dinero y sin amigos.
El hermano de mi madre, el tío Homero Duarte, me llevó a vivir en su casa. Él vivía con su esposa y tres hijos en una gran casa llamada “La Campiña”, en las afueras de la ciudad. Él era un gentil y buen hombre; tenía el cabello azulado y abundante, con ondulaciones poco comunes para un hombre cercano a la tercera edad. Estoy segura de que hubiera querido cuidar de mí por siempre, pero él murió poco tiempo después de haberme instalado en su casa. Mi tía y mis primos no estaban muy contentos de tenerme en su casa y, por supuesto, no se esforzaban por manifestarme aprecio alguno, especialmente Lázaro, el primo mayor.
Lázaro Duarte era un obeso adolescente (15 años). Yo tenía 10 años y era muy pequeña para mi edad. Él era muy cruel conmigo frecuentemente.
—Ven acá, Antonia —dijo Lázaro un día.
Yo estaba leyendo, pero interrumpí mi lectura sobresaltada, pues él me producía miedo. Cuando yo estuve cerca, él me golpeó fuerte en la cabeza.
—Esto es por leer nuestros libros —dijo él.
—¡Niño cruel! —grité, llorando para que mi tía escuchara y me protegiera, pero ella chilló:
—¡Enciérrala en el cuarto de los castigos!
Lázaro corrió, empujándome hacia el cuarto donde había muerto mi tío Homero. Este cuarto era oscuro; había además una cama matrimonial que ocupaba la mitad del espacio, una silla simple, un ropero viejo con el espejo nublado, y todo estaba cubierto por un polvillo que producía incomodidad y hacía que mi terror fuera peor.
—¡Déjenme salir! —grité una y otra vez.
Mi tía no acudió a abrir la puerta, de donde yo no me despegué, y tampoco autorizó mi salida hasta que yo enfermé dos días después.
El médico Luis Gerardino vino. Cuando él escuchó que mi padre y mi madre habían fallecido y que yo era una niña infeliz y, por consiguiente, insoportable para mi tía y mis primos, recomendó:
—Esta niña debería estar estudiando; así solucionarían muchos inconvenientes.
Semanas más tarde, un inspector de una entidad que protege a los niños desamparados vino a “La Campiña”. Mi tía envió por mí a mi recámara. Ella estaba sentada junto a la chimenea, vestida todavía en bata de baño y con la cabeza llena de tubos rizadores, y el inspector, que era un hombre alto, vestido con la buena ropa de antaño, pero mal combinada, pues traía una chaqueta a cuadros y una corbata con pájaros de colores, estaba junto a ella, de pie. No llevaba abrigo a pesar de la primavera incierta, cuya llovizna de vientos sesgados la hacía casi siempre menos tolerable que el invierno.
—Señor Giraldo, ella es Antonia —dijo mi tía.
—¿Eres tú una buena niña? —preguntó el inspector, y yo no contesté “sí”; sabía que todos en esa casa dirían “no”. Entonces guardé silencio.
—Ella no habla, pero frecuentemente dice mentiras —chilló de nuevo mi tía—. Háblele de los profesores en el internado “Nuestra Señora de Fátima”, cuéntele cuán estrictos son allí.
Entonces él procedió, amablemente y un poco tímido, para ganar mi confianza, a decir:
—Allí encontrarás un grupo de profesores (hombres y mujeres) que te orientarán en planear tu vida, teniendo un orden para tomar tus comidas, ordenar tu ropa, organizar tu cuarto, el cual compartirás con muchas niñas, una de las cuales será monitora para velar porque todas estas tareas se cumplan; además, podrás educarte aprendiendo no solo los oficios, sino una manera distinta de ver la vida y de llenarte de conocimiento en muchas áreas.
—Justo lo que Antonia necesita —chilló mi tía—. Yo aspiro a que ella permanezca los fines de semana aún allí; así será una interna perfecta.
—Muy bien, señora, llevaré estos datos al internado y ya les avisaré si el cupo es para Antonia —dijo el señor Giraldo, quien, haciendo una venia a mi tía, se retiró.
—Yo no soy mentirosa —dije a mi tía—. Si yo hubiera encontrado amor en esta casa, las cosas serían distintas y te ayudaría aún más, pero solo encontré envidias y crueldad en ti y en tus hijos. Creo que ustedes no son mi familia, pues tengo entendido que las familias se aman.
—¡Cómo puedes decir eso, mocosa horrible! —continuó—. Te irás a vivir en ese internado.
Y se perdió en el corredor que llevaba a su recámara.
Una fría mañana, en febrero, eran las siete de la mañana y yo ya estaba en un bus rumbo al internado. Estaba lloviendo desde la noche anterior y el tráfico era más pesado que de costumbre en las calles de la ciudad y más lento aún en la autopista, donde había camiones de carga alineados a la orilla. Los automóviles se veían humeantes, pues el choque del frío de la lluvia con el calor de sus motores hacía que los autos despidieran un humo casi como neblina.
Yo estaba sentada junto a mi tía, quien me llevaba al internado, pero me sentía sola. Ella no me hablaba; entonces disfruté más el paisaje que acabo de relatar.
De pronto pude ver una gran casa con muchas ventanas, las cuales aún tenían una tenue luz, y lo que más me impresionó fue su gran puerta de madera, tan grande que, cuando la atravesé, tuve la impresión de haber entrado a un gran laberinto y de pronto me llené de nervios. Esto duró poco, pues inmediatamente nos recibió una mujer de unos treinta años. Era bella, con una piel clara del color del pan y los ojos verdes; su cabello era liso, negro y largo hasta la espalda, como siempre había querido tener el mío, pero mi tía me lo cortaba como peluqueado de hombre. Estaba vestida con un gusto delicado: chaqueta azul oscuro, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino azul y unos zapatos en tono azul.
“Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida”, pensé.
—¿Estás cansada, querida? —me preguntó la mujer con voz muy dulce.
—Un poco, señorita —contesté casi en susurro, tratándome de esconder detrás de mi tía.
Luego se dirigió a mi tía y le dijo gentilmente:
—Ahora ya puede usted estar tranquila por Antonia, pues nuestro colegio velará porque sea una persona útil a la sociedad y con nosotros tendrá amor y estará muy bien.
—Antonia, ven conmigo —me dijo, y me tomó de la mano—. Te mostraré tu nueva casa, donde empezarás una nueva vida.
Y empezamos a recorrer el colegio.
—Mi nombre es Aurora Castiblanco —me dijo—, y soy la prefecta de disciplina; a mí me puedes confiar todo lo tuyo.
Me llevó a un gran salón donde había muchas niñas que, por un momento, parecían ser todas las del mundo, pero luego supe que solo eran ochenta. Estaban sentadas a lo largo de una gran mesa, haciendo sus tareas. Sus edades estaban entre los nueve y los veinte, y todas vestían una falda azul oscuro, blusa blanca y buzo gris con el escudo del colegio.
Con la rapidez que caracteriza a este colegio, me fue asignando silla al lado de una de las niñas y me presentó con las monitoras en una forma muy gentil. Sobre el mediodía pasamos al comedor, donde profesores y alumnos rezamos antes de tomar el alimento, y luego una monitora nos indicó que, si teníamos sed, podíamos tomar agua de la jarra que estaba en otra mesa. Luego terminamos el día en otro salón, aprendiendo en forma muy amena cosas que jamás me habían enseñado.
Estaba oscureciendo cuando la monitora nos ordenó pasar a las habitaciones a descansar. Los dormitorios eran muy grandes, como los salones de estudio; en cada uno había diez camarotes y dormíamos veinte niñas. Las niñas se desvestían muy rápido; luego cepillaban sus dientes, rezaban una oración y se acostaban. La señorita Aurora vino a mi cama y me ayudó a desvestirme y a colocar mi ropa en un espacio asignado para mí. Me dio un beso en la mejilla; era la primera persona que hacía esto conmigo, y me indicó que en diez minutos se apagarían las luces y todas deberíamos estar en la cama dispuestas a dormir. Su cuarto estaba al lado del nuestro y podíamos acudir a ella en cualquier emergencia.
Una campana me despertó muy temprano al día siguiente; todas debíamos estar listas muy rápido para desayunar y empezar otro día de estudio.
Al cabo de varios años, después de terminar mis estudios básicos en el internado, me ofrecieron trabajar como profesora de las niñas que empezaban su jardín, y yo acepté encantada, pues había encontrado en aquel colegio no solo la superación personal, sino lo más importante en la vida de un ser humano: amor, el cual lo veía en los profesores, compañeras y personal de oficinas que trabajaban por un mismo bien: hacer sentir a las niñas calor de hogar en el internado, aquel calor que nunca encontré en mi tía y mis primos, a los cuales jamás volví a ver, pues nunca vinieron por mí en vacaciones como lo hacían todas las familias de mis compañeras. Yo era una hija propia del colegio, lo cual me parecía lo más maravilloso que me hubiera pasado; era como ese sentido de pertenencia que sentían mis compañeras por sus padres y sus padres por ellas. Así me sentía yo con el colegio.
A pesar de todo, no podía entender cómo pude vivir alguna vez sin amor; tal vez la vida me dio la razón, pues yo sí albergaba mucho amor para los que me rodeaban, y eso me ayudó a llegar donde estoy.