
Por Samuel Gutierrez.
Viajar siempre será un deseo latente en el ser humano. Las migraciones primigenias fueron eso: un deseo de conocer, avanzar hacia el infinito que se presentaba allá lejos, donde la mirada veía o creía ver una posibilidad, o simplemente saber que se podía descubrir. Y lograron el cometido: poblar el mundo que estaba ahí para eso. Crear idiomas, razas, tipos de gentes, rasgos diferentes, nuevos conocimientos. Toda esa odisea generó alegrías, tristezas, juntanzas y desuniones, guerras y armisticios; en fin, vida y muerte.
Decantando esos hechos, el viaje se convirtió ahora, en lo posible, en gusto, placer, más aprendizaje, crecimiento personal, unión de la familia. Unos muy elaborados, planificados, con metas claras. Otros, sin tanta preparación ni planificación, solo por el deseo de aventurar, de “tirarse al agua”.
Diciembre de 2018. Decidimos en familia cambiar la rutina de pasar un fin de año en casa esperando el consabido conteo de la radio de los últimos cinco minutos del año viejo. ¡Bah, eso ya está muy trillado!, nos dijimos. Hagamos algo diferente. Al bote.
Nos fuimos para Buenaventura. Toya, Fabiana mi hija; Alejandro y Luisa sus hijos; Alejandra mi otra hija, Juliana la suya y yo. Llegamos al embarcadero y compramos pasaje para las playas de La Barra, cerca de Juanchaco y Ladrilleros. El viaje en lancha fue inolvidable para todos. Toya, recordando su Tumaco. Fabiana ya sabía qué le esperaba en el viaje, pues de niña lo había navegado hasta La Bocana, pero sus hijos, enfrentando por primera vez el mar y su oleaje, sufrieron el embate de las olas y la apagada del motor, quedando al vaivén de las mismas, con el lógico miedo por la nueva experiencia. Alejandra ya conocía el trayecto por su trabajo social con sus alumnos en esa localidad, y Juliana pasó, digamos, con poco miedo, pues no hubo aspavientos significativos. Yo, que llevaba muchos años sin enfrentarme al mar, solo recordaba mi primera vez, pero en un barco más grande, donde pasé sustos e indisposiciones por el mareo. Mi primer viaje a la desembocadura del río San Juan, en los límites del Valle con el Chocó. Fueron seis horas de navegación no muy apacible, pero esa es otra historia.
Llegamos por fin a Juanchaco. La persona contactada por Alejandra nos estaba esperando. Nos embarcó en una carreta con puestos y techo de tablones, halada por un tractor. Paseo por las callecitas del balneario, el aeropuerto de solo avionetas, Ladrilleros, otro caserío, y el avistamiento de las playas de La Barra desde una loma. Hospedaje en las cabañas de doña Oralia, almuerzo marino en el restaurante de su propiedad. Algo de descanso y al agua, patos.
La Barra es una playa larguísima de arena negra, oleaje suave que permite adentrarse en el mar muchos metros, sin temor a quedar sin poner el pie en el fondo, pues el agua llega a la cintura. Las olas revuelcan al bañista, pero lo depositan de nuevo en fondo firme. Placer único. Caminar por la arena es agradable por su semidureza y por los pósitos y pequeños riachuelos de agua salada que entran a las playas y se ponen calientitos por la acción del sol.
Al frente de ellas, una larga faja de bosques de palmeras y árboles tropicales como el mangle, el cuángare, el chachajo y chachajillo, entre otros muchos, que se extiende por miles de kilómetros desde Nariño, Cauca y Valle hasta los límites del Chocó con Panamá.
Navegar por los diferentes esteros de agua salada que forman los manglares hasta encontrar brazos del río San Juan, cuyo delta tiene unos 300 kilómetros cuadrados, llamado también “Siete Bocas”. Remontamos en el bote uno de ellos hasta encontrar un lugar profundo de agua dulce. Allí vimos lanzarse a Juliana y a Alejandro desde una peña de altura considerable al charco, venciendo ambos sus miedos. Al regresar, tuvimos que bajar del bote y tirarnos al agua, pues el embarque y desembarque se hace cerca a la playa. No hay embarcadero.
Pasamos en La Barra tres noches. Al atardecer de ese 31 de diciembre, me senté con mi nieto Alejandro a ver uno como solo se ven en el Pacífico. El chico anhelaba ver, tan cerca como se da allá, el sol hundiéndose en el mar y la oscuridad cayendo poco a poco sobre los que estábamos en la playa. Al fondo, un fuerte color rojo-naranja, con pinceladas de azul, acompañando al sol en su lenta desaparición. Colores que se reflejan en la piel de los que lo contemplan y hacen una estela sobre el mar, como un camino. Le pregunté al nieto:
—¿Sí escuchaste el shhh que hace algo caliente cuando toca el agua? Así suena el sol al tocar el mar.
No contestó, pero creo que sí lo percibió, pues estaba absorto, embelesado, llenando su alma de belleza.
Pasamos en esa playa, con pocos turistas, iluminados por fogatas, el fin de año de 2018 y el amanecer de 2019, hecho inolvidable por lo diferente.
Dormimos allí en las cabañas de doña Oralia, un tanto incómodas por no tener baños internos, y me tocó salir de noche al descampado por mi falla renal. También nos alimentamos en su restaurante de comida marina, acompañados por algunos turistas extranjeros y nacionales. El poblado es pequeño, de una sola calle.
El siguiente paseo allí mismo fue para avistar ballenas y sus ballenatos recién nacidos, pues a eso llegan ellas, a parirlos. Ver emerger esos inmensos animales vale el gasto y el enfrentarse al mar Pacífico, que solo lo es de nombre. También visitamos pequeñas playas con cascadas que brotan de peñas, separadas del continente. El viaje desde Buenaventura hasta allá se hace costaneando, o sea, viendo siempre las orillas de la costa.
Fue un fin de año inolvidable. Regresamos el 3 de enero, con los consabidos golpes de las olas contra la embarcación, con algún susto para algunos, pero todo salió bien.
Llegamos a casa con la memoria llena de paisajes, la vocinglería de los pájaros que cruzan y anidan en los inmensos árboles, el sonido de las olas, pero también del silencio de unas playas solitarias, no atacadas aún por el comercio y los turistas ruidosos.